1. Una relación de necesidad entre dos términos es aquella en la que, dado el primero, ha de suceder inevitablemente el segundo. Por ejemplo, cuando el primer término actúa como causa eficiente del segundo: si realizo la acción A, sucederá la consecuencia B; segundo, en la relación de desarrollo natural, en la que sabemos que el cachorro o la semilla a, se convertirán en el gato o el árbol A. En ambos casos, sabemos lo que «debe ser», porque la previsión está fundamentada en una necesidad objetiva del orden del ser: sabemos que así es, sabemos que así será. Nos preguntamos qué debemos hacer para alcanzar una situación futura deseable, como un logro, un resultado o, en general, el cumplimiento de un fin. Por ejemplo, queremos llegar a viejos, ¿qué debemos hacer?
a. Los que se cuidan llegan a viejos a. El niño duerme peor cuando cena tarde
b. Quiero llegar a viejo b. Quiero que duerma bien
c. Debo cuidarme c. Debo darle de cenar pronto
En la premisa mayor, ponemos una relación de necesidad conocida (por supuesto, hay excepciones, pero con la excepción no se establece regla). La premisa menor expresa un deseo, querencia o apetito. La conclusión es sin duda de necesidad. La pregunta pertenece a una duda del deber ser (¿qué debo hacer?), pero se responde con una afirmación general perteneciente al orden del ser. No hay un orden distinto del deber ser. Es una deducción correcta, que incluye en la menor la expresión de un deseo, y en la conclusión la obligación de un deber. Si es así, tomamos nuestra decisión sobre cómo debemos ser afirmando algo sobre lo que sabemos que sucede (así es, así será). Es un razonamiento objetivo y de necesidad, no hay duda ni opciones alternativas. Si quieres, ya sabes lo que debes. Cuanto mejor esté establecida la relación de necesidad, con más seguridad podremos decidir, salvo cuando, por ignorancia, desconocemos la ley que rige la relación entre los términos.
2. En la pregunta moral, nos preguntamos cómo deben ser las cosas, o cómo debemos hacerlas para hacerlas bien, para hacer un bien, y no un mal. Para responder, partimos, como queda dicho, de un juicio moral de necesidad, y llegamos a una recomendación de comportamiento fundamentada científicamente.
a. Si A, entonces B a. Si A, entonces B
b. A b. Quiero B
c. Luego B c. Debo A
a. A está bien (B) a. Quiero hacerlo bien (quiero B)
b. Hago A b. Sé que A está bien (A, entonces B)
c. Luego hago bien (B) c. Debo A
Todos son el mismo caso, no dudamos ni tenemos que improvisar, porque conocemos la relación de necesidad, en este caso moral. Sólo por ignorancia tendremos dudas sobre nuestro deber, porque no somos capaces de establecer la norma general de la cual deducirlo. Otra cosa es que no tengamos seguridad completa de la relación de necesidad que haya de aplicarse en cada caso, y que trabajemos con juicios modales problemáticos: suele ser así, la mayoría de las veces sucede así, los pocos casos que conocemos sucedieron así... Tenemos entonces un entimema retórico, aquel que usa, por ejemplo, el consejero cuando quiere aconsejar teniendo un conocimiento limitado de cómo son las cosas, como explica Aristóteles en la Retórica. Pero el razonamiento es el mismo (quiero, sé, luego debo), aunque con menor seguridad, y por tanto con más riesgo (quiero, creo que sé, creo que debo). La inseguridad no deriva del hecho de que sea un razonamiento moral, sino de que no tengo un conocimiento perfecto de las relaciones de necesidad en el orden del ser. El problema de la decisión moral es un problema científico, es decir, de razón.
3. Otra cosa es cuando ni siquiera tenemos claro lo que queremos, lo cual es menos raro de lo que debiera. Por ejemplo, queremos ser felices, pero no sabemos qué significa eso, así que no podemos hacer ninguna afirmación con conocimiento; o estamos mal y quisiéramos otra cosa, pero no sabemos qué, así que no sabemos qué fin perseguir; o queremos ser mejores, pero es una pretensión inespecífica, mejores en qué, así que tampoco sabemos lo que queremos. Cuando no sabemos, toda respuesta es estúpida, salvo que suene la flauta, lo cual tampoco es tan raro, porque, ante el no saber, decidimos por decidir, un poco a ver lo que pasa. Es decir, sin razón. O nos falta información (¿es el momento de invertir?, aún no sabemos si las acciones seguirán bajando...), o no tenemos suficiente experiencia de la situación (estamos recién casados, no sé cómo le sentará si le digo...). En todos estos casos, no sabemos, por inepcia o por falta de información, y la pregunta por el deber ser tendrá una respuesta insegura, o ninguna, o irracional, porque no podemos establecer juicios de necesidad. En cuando sepamos, estamos en los casos descritos en los puntos anteriores. Luego, no hay ciencia del ser y ciencia del deber ser, sólo hay una ciencia, la ciencia del ser, y el deber ser se fundamenta siempre en el ser de necesidad.
4. Afirma Epicteto: «Primero, piensa lo que quieres; después, haz lo que debes». No cabe ninguna duda. Si tengo claro lo que quiero, y observo cómo son las cosas hasta tener un conocimiento seguro de sus leyes, debo hacer lo que debe hacerse para alcanzarlo, no hay alternativa. Por eso afirmaban los estoicos que nuestro comportamiento moral debe guiarse secundum naturam, según sea la naturaleza de las cosas. Conocer nuestro deber exige saber, y sabiendo, no hay duda sobre lo que debemos hacer. Es el fundamento del derecho natural. El legislador clásico (el del Antiguo régimen) acataba las costumbres establecidas, conociendo que contaban con la aprobación moral de la religión y del uso, y no pretendía cambiar las formas de vida del pueblo, sino protegerlas, para que el pueblo pudiera seguir sus vidas sin problemas añadidos. El derecho moderno ha renegado por completo del concepto de derecho natural (que es como decir que negamos la existencia de regularidades en el comportamiento público de las personas, y que desconocemos cómo se hacen las cosas cuando están bien hechas o cuando se hacen con justicia, o sea, que somos todos necios). La ley moderna (el Nuevo régimen de la revolución) se define explícita y exclusivamente como la voluntad del legislador, y así llevamos más de doscientos años sufriendo a utopistas e incansables reformistas, que sueñan ideales de vida, y pretenden imponerlos a la población mediante la amenaza de la ley, siguiendo la lógica del despotismo: todo por el pueblo, aunque sea contra el pueblo. Por eso plantea Kelsen, el gran teórico del Derecho, la distinción entre la ciencia del ser y la ciencia del deber ser, no cómo son las cosas, sino cómo hacemos para que sean lo que queremos: lo que no son, pero quisiéramos.
El error se encuentra aquí en el concepto de ideal y de ideología, porque se confunde la ensoñación utopista, que es más novelera que científica, con la realidad concreta y empírica de las ideas, que son las formas o maneras con que organizamos y realizamos nuestro comportamiento público, según la clásica distinción entre materia y forma. Por ejemplo, somos un grupo de trabajo en un taller, o un grupo docente en un aula, queremos realizar cierta tarea, y tenemos que pensar la «forma» o la manera en que lo haremos, es decir, la idea que tenemos que realizar. Pero, dado que la vida social está estructurada mediante complejos normativos «formales» tipificados, que todos conocemos bien, el problema se reduce a: queremos hacer, sabemos que hay esta y esta forma, elegimos la que mejor convenga, y la realizamos, dentro de un esquema de medios y fines. Es una manera de explicar con prisa que la ideología real es la que forma parte estrecha de nuestras formas de vida, son las ideas (formas, maneras) que todos ponemos en práctica al hacer las cosas, y que la otra, la del utopista, es falsa ideología, primero, porque su conocimiento es inseguro por utópico, y segundo, porque responde a intereses de cambio social ajenos a la realidad común de las gentes. La moral es filosófica, luego científica y racional; la utopía es interesada e ignorante. La primera es ideología, porque piensa según la naturaleza de las cosas; la segunda es falsa ideología, porque las ignora, no acepta lo que es, y quiere lo que no es. Muchos son incapaces de comprender esta sencilla verdad, conceptualmente impecable.
Luego, no vemos que la distinción tenga relevancia alguna. Como hemos dicho antes, toda pregunta moral por el deber ser se responde estableciendo una relación de necesidad en el orden del ser. No hemos encontrado excepciones. Abandonado el pensamiento científico natural, en el sentido clásico de este término, todo es falsa ideología, inepcia de eruditos. Quizá se pregunte el lector, ¿es qué el derecho y la ley natural nos daba certezas? Dentro de la dificultad, respondemos que sí, porque partía de la constatación de las regularidades naturales de las cosas (las leyes naturales) y de las regularidades normativas de la vida social (las leyes habituales, las costumbres), que es lo que cualquier persona sensata hace en su vida cotidiana, con independencia de que después tenga la cabeza llena de pajaritos ideológicos y utópicos.
5. Otra cuestión relevante en la pregunta moral es la relación entre los medios y los fines. El fin justifica los medios, suele decirse apelando, algo incorrectamente, al libro de Maquiavelo sobre el príncipe. Inaceptable para un pensamiento moral cristiano, a la española. Fines nobles con medios honestos, es lo único que podemos aceptar. Desarrollamos la siguiente tesis clásica: «no se eligen los fines, sino los medios».
a. Los fines son los mismos para todos. Vivere, Gallio frater, omnes beate volunt, afirma Séneca en las Cartas a Lucilio, todo el mundo quiere la felicidad. Felicidad, bienestar, tranquilidad, salud... esos son los fines que todo el mundo desea: vivir bien: ¿alguien preferirá una larga vida de desgracias antes que una vida de tranquilidad, aunque sea más corta? Luego los fines no se eligen.
b. Entre el medio y el fin debe haber relación de necesidad (haciendo A, resulta B). No escojo cualquier medio, sino sólo un verdadero medio, es decir, necesario. Siguiendo con Séneca, para ser feliz, es necesario llevar una vida de tranquilidad después de haber servido a la República (a la moderna, de haberse esforzado en ser útil para los demás).
c. Para tener una vida tranquila, puedo hacerme jardinero, como afirma la sabiduría popular, o vivir retirado, como recomienda Epicuro y el propio Séneca, mejor solo que mal acompañado, o puedo, en nuestros días, escoger un trabajo sin sobresaltos. O sea, que tengo alternativas, diferentes ideas de medios que necesariamente llevan a la experiencia vital de la tranquilidad. Los medios son útiles y necesarios para el fin, pero en sí mismos son indiferentes, lo mismo da uno que otro mientras lleven necesariamente al fin de la tranquilidad vital.
d. El medio es un fin instrumental, no lo escojo por sí, sino por su utilidad para alcanzar el fin último apetecido. Lo mismo sucede en cualquier punto de la jerarquía de los medios y los fines. Cada medio es un fin para alcanzar el fin superior, que es un medio para el siguiente, etc., hasta el último fin de la felicidad personal. En todo momento son relaciones de necesidad, que culminan en un último fin no escogido.
e. Luego no hay espacio para el arbitrio, salvo por ignorancia. Las relaciones de medios y fines son siempre necesarias cuando tenemos un buen conocimiento de ellas. No escojo lo que quiero, sino lo que debo, es decir, lo que «ha de ser». Esa es la etimología del verbo deber: de-habeo > ha de ser > será. Lo que debe ser significa lo que será sí o sí, con conocimiento de necesidad.
Tanto los medios como los fines responden siempre, por tanto, a relaciones de necesidad. Repitamos: no escojo lo que quiero, sino lo que debo, salvo por ignorancia. Teniendo un buen conocimiento, toda decisión es necesaria, no es por gusto ni por elección: es un deber. No hay nada que remita a caprichos, impulsos inconscientes, ni nada por el estilo. Escuchar al «inconsciente», a la punzada instintiva (trieb, a la alemana) del hambre mental, es como guiarse por el delirio y la imaginación desbocada, freudismo vulgarizado de muy mala manera. Guiarse por el corazón o el sentimiento, y no por la conciencia moral racional, es propio de críos y adolescentes inmaduros, o de espíritus viciados, pecado de la época, que aspira al modelo de vida del niño malcriado, que quiere satisfacer el capricho con prisa y sin esfuerzo.
6. Una derivada interesante del razonamiento es que sólo podemos dar por válida una idea de libertad negativa, que es el sentido primario del liberto romano: que nadie decida por mí. Pero no hay libertad positiva alguna, sino necesidad o ignorancia: dado un fin claro y unos medios necesarios, no escojo arbitrariamente, sino lo que debo. No es una elección, es un deber, luego no es libre. Tratar de dar definiciones imaginativas de una libertad positiva es confundir las cosas sin motivo. No es un problema de libertad, sino de voluntad, de decisión personal. El «apetito racional», como lo definían los clásicos, no es libre, sino de necesidad, de razón, aunque exige de nosotros un esfuerzo, un ponerse a la tarea debida, es decir, voluntad informada. El problema de la responsabilidad no es un problema de elección, sino de decisión, de saber si el acto moral fue voluntario o forzado, como lo entienden perfectamente los jueces siguiendo la lógica del derecho romano.
7. Concluyo, pues. Sólo hay ciencia del ser, o sea, sólo hay conocimiento de lo fáctico, o a partir de lo fáctico. Decir ciencia del deber ser es como decir ciencia de lo que ha de ser, que es la misma ciencia del ser. No añade nada, salvo un falso problema. Pues, si hay ciencia, hay conocimiento de necesidad, conocimiento de regularidades, de leyes. Decir que no siempre disponemos de este conocimiento no invalida el razonamiento. Nadie dijo que la ciencia fuera fácil, sino que debía establecer leyes necesarias, o no sería tal ciencia. Si tenemos certeza y ley, lo que es será, y no hay otra, salvo ignorancia.