miércoles, 25 de marzo de 2026

El cobarde

 

Fijémonos primero en el sentir etimológico de las palabras. Valiente es el participio de presente de verbo valer, y sugiere la idea de lo que vale, o más bien lo que se vale por sí mismo, como la planta sana vale para ser árbol, como una medicina vale para curar una infección, o como el niño que apunta capacidades para el cálculo valdrá posiblemente para ser matemático. Sólo de manera específica, aunque bien utilizada, valiente es, por antonomasia, quien enfrenta el peligro sin achantarse, igual que el aguerrido soldado afronta valiente la batalla. Cobarde es, originalmente, una voz francesa, cuard, derivada de la cauda latina, la cola. Cobarde es literalmente el que se queda atrás cuando todos avanzan. El Tesoro de la Lengua Francesa define cobarde como «qui manque de courage», falto de coraje; la RAE, como «pusilánime, sin valor ni espíritu para afrontar situaciones peligrosas o arriesgadas». La cobardía es el antónimo de la valentía, cobarde es el que no vale, el que se achanta ante el riesgo, el que se echa para atrás cuando las cosas vienen mal pintadas. En la estructura semántica del término, apreciamos por tanto dos caracteres esenciales: la acción de retirarse y la situación de riesgo.

Cobarde no es quien calcula mejor el riesgo, y por eso no avanza. Si esto fuera así, todos los demás serían temerarios, incluidos los que comúnmente se han llamado valientes desde antiguo, los que demuestran arrojo cuando los demás dudan o retroceden. Igualmente, cobarde vendría a ser sinónimo de prudente, pues el prudente no se precipita, sino que estima el riesgo, calcula las fuerzas disponibles para afrontarlo, o hace acopio de ellas, y decide cuándo y cómo atacar, cuándo y cómo retirarse, según convenga. No diríamos en absoluto que el prudente piensa y actúa igual que el cobarde, y viceversa. Es cierto que está en juego la estimación del riesgo anticipado o inminente, pero no de forma sensata, reconociendo, por ejemplo, que, dado el riesgo y las fuerzas para enfrentarlo, es mejor retirarse por ahora. La cobardía no es cuestión de sensatez, sino de falta de arrojo, como decíamos, cuando la situación lo exige. No es cuestión de juicio, sino de pasión, de un sentimiento que más bien nubla la razón, y se deja poseer de un terror atenazante ante el inminente y cierto peligro. El cobarde no razona su cobardía, sino que la siente en lo más íntimo de su corporalidad. El cobarde queda paralizado, le tiemblan el pulso y las piernas, gimotea pidiendo clemencia, se caga de miedo, en expresión vulgar. En el fragor de la batalla, mientras los demás caen a su alrededor, o luchan denodadamente, él esconde la cabeza bajo tierra, huye como poseso, se hace el muerto petrificado. Es su cuerpo, y no su razón, el que le informa del peligro y el que domina su poco juicio, siquiera sea para decidir la huida.

La mayoría de los soldados tiemblan de miedo cuando comienza la refriega, cuando ven caer a sus compañeros alrededor, pero han sido adiestrados no para pensar, sino para avanzar sin pensárselo, o quizá avanzan sólo por avanzar, porque el temor les dicta que es mejor seguir que parar, matar que ser matado. No diríamos de ellos que son cobardes, sino humanos. Quizá de entre todos surja el valiente, el que se arroja lleno de energía viril, hoy también es un buen día para morir, si es con honor y contra un enemigo de altura. Entre la mayoría que avanza temblando y, al final, pelea, sólo unos pocos valientes, sólo unos pocos cobardes. No otra cosa suele mostrar la novela y el cine.

Nadie canta al cobarde, sino para enfatizar su ignominia y su vergüenza, para usarlo como ejemplo negativo, que nadie piense que su cobardía recibirá más reconocimiento que el desprecio público. El mismo cobarde siente que su falta de valor le avergüenza. No es un pícaro que se esconde para sacar partido egoísta de la situación, es el que falló en el momento en que debía haber demostrado, si no valentía, al menos pundonor. Él lo sabe, sabe que falló cuando se puso a prueba. El cobarde está apegado a la vida, no porque desee o pretenda la plenitud de la vida, sino porque se aterroriza ante el riesgo de perderla, real o figuradamente. No quiere que la vida que conoce desaparezca sin más, a pesar de sus penurias interminables, de su sempiterna miseria y dificultad. Huir, quitarse de en medio, o esconderse, o disimular, son formas de hacer como que nada ha pasado, conjurar el peligro evidente dejándolo atrás. Todo movimiento ante el peligro inminente implica la muerte social o física del cobarde. Avanzar es morir una muerte segura, huir es condenarse a la ignominia, a la obligación de siempre quedar escondido, invisible ante los demás. Atenazarse rígido es esperar la muerte que ha de llegar, en una aterradora espera absoluta y sin tiempo, porque la muerte anticipada ya ha sucedido desde antes. Esconderse de todos, hacerse el invisible para todos, esperando a que pase el peligro.

Esconderse ante todos, menos ante uno mismo, porque la vileza de la cobardía no es convertirse en un ser despreciable e indigno para los demás, uno puede vivir con cierta holgura, aunque poca, en el desprecio de los demás, vive retirado, aprende tu soledad y qué hacer con ella. No, la pena de la cobardía es a solas con uno mismo, condenarse a la imposibilidad de una vida que merezca tal nombre. Huimos de la muerte, para caer en la muerte en vida. Qué sentido podría tener ahora la vida, si uno debe vivir con la experiencia del fracaso personal más absoluto, pues nos pudo el mundo amenazante, nos puede el desprecio de los demás, y nos puede la consideración de nuestra miseria demostrada. La vida nos puso al límite, y fallamos, y ya no hay límite, que no sea memoria de nuestro fallo. Debo permanecer escondido, pues, ante todos, soy la encarnación cruda de la ignominia, lo que no merece ser nombrado. Pero no puedo esconderme ante mí mismo, no puedo seguir como si tal cosa. Mi soberbia y mi orgullo, mi amor propio, serán falsos, porque fallé en la ocasión principal, y lo sé, cuando la vida me puso verdaderamente a prueba. Sé que fallé, no es posible el engaño. Porque también mi humildad será falsa, y no puedo presentarme ante los demás como víctima, no acepté el desafío, no fui herido. En la víctima hay cierta dignidad honrosa, pero el cobarde no fue víctima. Su humildad es tan vergonzosa e hipócrita como su falso orgullo. No puedo aparentar moderación, prudencia o sensatez. No hay lecciones que extraer de su experiencia, nada se aprende de ella, salvo que es la expresión más radical de lo que no debe ser. Sólo despierta repugnancia en los demás, asco. No le queda opción de vida, nada le salva, nada le sirve, porque nada le redime. Ni siquiera dispone de la opción de la buena muerte, de salir de la vida con honra, pues nunca el suicidio será un acto de última dignidad y valentía, sino confirmación de la más deshonrosa cobardía: moriste para huir nuevamente del riesgo de dar la cara y seguir viviendo. Otra vez cobarde, cobarde por siempre.

Quisiera sinceramente sentir algún aprecio por la cobardía, aunque sólo fuera para disculpar mis propios actos, que tantas veces no han estado a la altura que hubiera deseado. Sin embargo, no soy capaz de encontrar ni un sólo argumento por el que pudiera justificarse que hay algo, aunque mínimo, de dignidad en el cobarde. Comprendo su miedo, que es el mío, pero sólo puedo compartir con él la vergüenza de nuestros actos.