martes, 5 de agosto de 2025

Identidad e ipseidad

En mi Curso de psicología comunitaria, discuto la cuestión de la identidad social con dos argumentos teóricos: que toda identidad se define por los rasgos compartidos dentro de un conjunto de personas que admiten la misma definición (digamos, las categorías sociales: profesión, nacionalidad, estado, aficiones, etc.); y que la individuación de la persona como un sujeto particular plenamente diferenciado exige un cierto ejercicio de libertad negativa, esforzándonos conscientemente por no dejar que los rasgos y exigencias de la categoría social nos definan o nos marquen cómo proceder en nuestros asuntos públicos. La segunda idea, aunque tiene su interés, es presa de la mala interpretación existencialista del pensamiento de Heidegger en su primera época, tal como él mismo denuncia en la Carta sobre el humanismo. Aparte, es usual en la microsociología, definir el tema de la identidad mediante el concepto de self, tal como lo hace Mead en su teoría del desarrollo psicológico y moral del niño. La identidad (como self, o consciencia de uno mismo) se gana después de un largo proceso de socialización, precisamente cuando el niño es capaz de aplicar a voluntad sobre sí mismo las categorías sociales que antes utilizaba para su comprensión del mundo social cercano, inicialmente mediante las formas del juego simbólico. El niño se individualiza dentro de las categorías sociales, y nunca al margen de ellas.

Cuando explico estas cuestiones en mis clases, suelo discutir la diferencia entre la identidad y el self, apelando a los pronombres latinos idem e ipse, pero también soy preso de una mala interpretación. Intentaré corregirme en lo que sigue, analizando la significación puramente lingüística de ambos pronombres, así como sus implicaciones filosóficas a través de los conceptos escolásticos de identidad e ipseidad.

1. Idem es en latín un pronombre fórico, que señala algo que ya ha sido dicho antes o sobre lo que antes hemos hablado: «idem liber», el mismo libro. En castellano, «te noto cambiado, no pareces el mismo [idem]» (que antes eras). De ahí deriva el sustantivo abstracto identitas (el principio de identidad, A = A), un concepto escolástico que señala la igualdad de la cosa consigo misma, la substancia en cuanto permanece igual al margen de los accidentes: «después de los años, sigo siendo el mismo». Según Aristóteles, la identidad designa una unidad de ser, el ente en cuanto ente uno, que también se aplica para designar la unidad de una multiplicidad de seres. El concepto se agota en la afirmación de la unidad, la substancia que permanece una, pero que debe ser caracterizada según sus accidentes. Gramaticalmente, la sustancia es el sujeto, del cual se predican los accidentes. Quidditas, por su parte, es el abstracto formado a partir del relativo quid, nuestro pronombre relativo que. Traduce la pregunta filosófica griega, τ τί στι, qué es esto, quid est, en latín. El ente uno queda entonces determinado o definido mediante la respuesta a esta pregunta. En Santo Tomás (en el diccionario de Ferrater), la quidditas es «lo que sitúa a una realidad dentro de su género o especie correspondiente» (ej., ¿qué es esto?: un animal), y como afirma Duns Scoto, está más cercana al predicado (Juan es policía), con el que se responde a la pregunta del quid est, mientras que el subjectum es la «entidad positiva» o entitas individui, el ente individual, la materia o sujeto del juicio (Juan es policía), es decir, la identidad. Con la identidad se sugiere el sujeto, bien esta cosa misma que permanece, bien en cuanto es la misma que esta o estas otras; con la queidad (quidditas), el predicado, aquello que decimos que es el sujeto, o aquello que define a un conjunto de sujetos iguales en la definición (los mismos). La pregunta por la identidad se resuelve, por tanto, respondiendo qué es eso que define al sujeto o al conjunto de sujetos.

2. Ipse es lo que se llama un pronombre enfático, ipse Moses, que en castellano traducimos utilizando los adjetivos mismo y propio: el mismo Moisés dio las tablas de la Ley, el propio Moisés. Ipse funciona como determinante, no añade información alguna al sujeto, sino que enfatiza que hablamos de alguien, como si quisiéramos señalar algo asombroso: el mismo Rey salió de tiendas, o en superlativo (ipsissimus), el mismísimo Rey se implicó en las disputas de la nobleza. No es un reflexivo, el reflexivo latino es se, sui, sibi. Como énfasis de la cosa, subraya el esto del que estamos hablando («esta casa», precisamente esta, y no otra), que en el castellano filosófico decimos la estidad. Con este término se traduce la haecceitas, un neologismo creado por Duns Scoto (la hecceidad) a partir del latín haec, una de las formas de la flexión del demostrativo hic, que nosotros decimos este/esto: la estidad. Originalmente, la haecceitas de Scoto traduce vía Avicena el τδ τι, el «esto qué», con el que se identifica la sustancia primera, el individuo, el «esto de lo que estamos hablando», en cuanto es tal, separado de cualquier otra sustancia (ej., este gato). A esto se refiere el concepto escolástico de la ipseitas, la ipseidad, que en castellano decimos la mismidad. (El adjetivo mismo deriva de la composición de -met, sufijo enfático, con ipsissimus, un reflexivo más un enfático).

Los dos términos, identitas e ipseitas, nombran de distinto modo la substancia, según que pongamos nuestra atención en la continuidad del ente mismo, o enfaticemos su carácter individual único. Dos palabras distintas para afirmar la entidad del ente. Ninguna de las dos define al ente en sus características, en su esencia, que sólo puede ser hallada en la quidditas, respondiendo a la pregunta por el quid est, qué cosa sea esto de lo que estamos hablando, bien como sujeto individual único, bien como ejemplar específico de algún género de cosas.

3. En la modernidad, a partir de Descartes y Leibniz, la pregunta filosófica ya no recae sobre la cosa (el esto qué), sino sobre el sujeto de la enunciación, el que hace la pregunta, pues la única verdad cartesiana es que no puedo dudar de mí mismo. Yo, la persona, me convierto en la estidad primaria de la pregunta, la primera verdad demostrada según el acto reflexivo del cogito ergo sum. Este cambio de orientación en la pregunta impregna toda la filosofía de la modernidad. De ahí que Sartre recupere el concepto escolástico de la ipseidad (mismidad), añadiéndole un sentido reflexivo, que no está presente en el sentido latino del enfático ipse y el concepto escolástico de la ipseitas: ante el encuentro con el otro, me afirmo enfáticamente como la mismidad que yo soy.

4. Igualmente en el inglés self y el alemán selbst, que nosotros traducimos por sí mismo, introduciendo el reflexivo junto al adjetivo mismo, que tiene valor enfático en castellano, como hemos visto. El self inglés es también un pronombre enfático, por ejemplo, en inglés antiguo, «the person self», tal persona misma, o en inglés moderno, «the person by himself», por sí misma. Por eso, la sociología (por ejemplo, Mead) usa el término self para significar enfáticamente el individuo o la persona en cuanto a su mismidad, a su ser individual y único: este mismo yo que soy yo mismo, y no otro. No una persona o un profesor cualquiera, sino «esta persona» o «este profesor» que soy yo mismo. Llamativamente, el self inglés parece provenir del reflexivo indoeuropeo *swe (de donde el reflexivo latino y castellano se), con lo que la traducción comúnmente aceptada acertaría al reunir el reflexivo y el enfático en la expresión sí mismo, siguiendo la interpretación moderna de la ipseidad reflexiva.

Adaptemos ahora los argumentos a la cuestión teórica que aquí nos trae. Hemos visto que la identidad puede referirse a la continuidad de la sustancia yo, el mismo yo que era y sigo siendo yo, y también al ente que soy yo, pero como un caso ejemplar de una multiplicidad de otros entes que son lo mismo que yo. La ipseidad, por su parte, se limita a subrayar enfáticamente la individualidad de este ente único que soy yo, afirmando su existencia separada de cualquier otro ente en consideración. Con el pensar moderno, yo debo ser quien realice la operación mental de afirmarme reflexivamente como verdad individual separada, clara y distintamente. La ipseidad, sin embargo, se agota en la afirmación de un sujeto sin cualidades, dice que soy verdaderamente, pero no requiere predicar qué cosa soy para completar el argumento. Lo mismo para la identidad en su versión individual, con la que registramos la continuidad de este yo que sigo siendo yo mismo en todo momento, pero que requiere de una determinación predicativa posterior para cerrar el argumento. En su versión colectiva, por último, la identidad exige responder a la pregunta de en qué consiste (quidditas) esa mismidad que compartimos todos los que somos de la misma clase.

En términos sociológicos, la mismidad (ipse, self) y la identidad (idem) individual sugieren ideas diferentes a la identidad colectiva (o identidad social), con implicaciones teóricas de importancia. El self remite a la constitución de la individualidad dentro del proceso de la socialización (primaria y secundaria); la identidad social, a la constitución colectiva de las categorías sociales (los estados, las profesiones, las identidades nacionales, políticas, etc.). Sin que ambos conceptos deban, ni puedan, tratarse por completo separadamente, porque, según entendemos, la persona que deviene self individual, sí mismo, emerge en el proceso de individualización dentro de las categorías sociales en las que se forma como persona pública. De manera sencilla, la identidad social dice que soy un profesor, como tantos otros que también lo son; la ipseidad del mí mismo (self) dice que soy en concreto este profesor, y no ningún otro, con las peculiaridades que me caracterizan dentro de la clase social a la que, por mi vida pública, pertenezco. Mi libertad individual para determinarme no exige el abandono de las categorías sociales que me identifican, ejercicio imposible, dado que forman parte inalienable de mi constitución como persona pública. La tarea consiste más bien en realizar el ejercicio hermenéutico de comprender mejor cuáles son las exigencias que estas categorías imponen sobre mis maneras de hacer o de vivir, y pensar, decidir y ejercitarme en modos propios de responder ante las mismas, creando variantes de los hábitos compartidos. Más sutiles, más éticas, mejor pensadas. No hay presunción en ello, sólo un esfuerzo por desarrollarme como persona del modo que yo considere más oportuno. No quiero dejar de ser profesor, pero no quiero ser un profesor cualquiera dentro de la masa burocratizada del profesorado, sino este profesor específico, yo, que hace de modos particulares lo que todos hacen, pero con mi manera personal de hacerlo. Mis alumnos son testigos. La individuación se produce así dentro de las identidades sociales, y sólo dentro de ellas. Sin identidades sociales, no hay individuo, sino niño salvaje.

Hecceidad, Duns Scoto: «el acto último que determina la forma de la especie en la singularidad del individuo».


Textos consultados:

  • Miguel Antonio Caro y Rufino José Cuervo, Gramática de la lengua latina, Bogotá (Instituto Caro y Cuervo), 2019.
  • Andrés Bello, Gramática de la lengua castellana, Madrid (Edaf), 1984.
  • Rae, Nueva gramática de la lengua española, Madrid (Espasa), 2010.
  • José Ferrater Mora, Diccionario de filosofía, Tomos i y ii, Buenos Aires (Sudamericana), 1965.
  • Página de Filosofía en español, en https://www.filosofia.org/
  • Enciclopedia Herder, en https://encyclopaedia.herdereditorial.com/wiki/Página_principal
  • Étienne Gilson, La filosofía en la Edad Media, Madrid (Gredos), 2014.