martes, 10 de julio de 2018

Dejar en libertad

Nuestros intentos por dominar o poseer a los demás son continuos. Todos nuestros proyectos de acción, los que aportan sentido a nuestras vidas, están poblados de otros en forma de objeto o de persona a los que yo resitúo en el marco de mis deseos, y los deformo para que tomen la forma y la función necesaria para que mis planes cuadren, para que mis cosas vayan tal como yo las deseo. Es mi deseo el que les informa, el que ordena el mundo e introduce a los demás en un mundo ordenado que ellos no han concebido, ni desean, ni comprenden. Ellos están en sus pequeños mundos de proyectos vitales, y yo les arranco de allí para que vengan a adornar o a poblar la ilusión de mi pequeño mundo egocéntrico, meros figurantes, actores secundarios en el mejor de los casos. Peor aún, para que mi mundo no caiga, debo esforzarme para que ellos se mantengan en los márgenes de mi fantasía, debo anticiparme a sus movimientos propios, evitar que huyan o se despisten, debo controlar sus pasos, aprobar su comportamiento, dominar la situación, porque, sencillamente, cuando ellos escapan, ya no queda situación, ni proyecto, ni sentido de la vida para mí.

Del mismo modo que vivo las exigencias sistémicas como opresiones que se me imponen coactivamente; del mismo modo en que soy un autómata en sus manos, pues mi mundo es el que los otros definen para mí; del mismo modo en que escapar del otro sistémico permite que fantaseemos con la idea de la libertad del yo; del mismo modo yo soy el otro del otro, el opresor sistémico que le obliga a vivir el mundo que me he creado para ellos. Yo siempre soy el tirano del otro, no porque haya en mí ningún deseo especial de dominio, o ningún delirio de grandeza, sino, sencillamente, porque el sentido de mi vida depende de que ellos se mantengan en los estrechos límites del mundo de mi deseo.

La posición de la libertad radical, sin embargo, me aleja de todo mundo y anula todo deseo en mí. Ahora que tomo distancia de todo y de todos para seguir mi camino, un camino que a nadie importa y que debo recorrer en soledad, ahora que han caído para siempre las ilusiones del sentido, sea propio o de prestado, los otros ya no significan nada para mí, son meras apariciones, fantasmas que pueblan un mundo que me rodea, pero que ya no me interesa como tal, anécdotas en un cruce de caminos, presencias efímeras que, tan pronto lleguen sin ser llamados, marcharán sin despedirse, cada quien en su pequeño mundo, con sus propios fantasmas. Yo, desde mi insignificante atalaya en libertad, apenas doy testimonio de que existe un mundo que no resiste la prueba de la mirada, pues ya es ido. Mi libertad les deja en la suya propia. Ahora que no pretendo atarles, tampoco ellos necesitan rechazarme para ser por sí mismos. Huyo de ellos, y así ellos no necesitan huir de mí para seguir en sus propios caminos, sin mi interferencia, sin que yo les imponga verdad o sentido, sin que yo los tiranice. No necesitan expulsarme de sus vidas, matar al padre, soy yo el que me expulso, y allá cada cual en la difícil tarea de su vivir a solas.

La libertad es dolorosa y reina en el sinsentido y la tentación suicida. No se la recomiendo a los demás, pero no seré yo quien se la impida. Allá ellos si quieren ser felizmente gobernados, allá si quieren caminar en sus vidas libres camino de ningún sitio, que es adonde yo camino. Si en los azares de la anécdota nos encontramos, sólo ansío una dosis de locura, de aventura, de adentrarnos un instante en lo desconocido compartido que, al menos, cree en nosotros la ilusión de que, a pesar de todo, sólo un instante, no estamos definitivamente solos. Sigue pues tu camino. No te importe cuál sea el mío.



viernes, 29 de junio de 2018

El sentido

No debe confundirse el sentido con el significado, aunque se utilicen indistintamente en el habla común. El significado es la vinculación entre un significante y otros juegos de significantes que acotan simbólicamente el objeto al que quisieran hacer referencia. Todo significante define/determina un objeto, igual que todo objeto necesita de un significante para sostenerse en el mundo simbólico en que cotidianamente vivimos. El significado es la perífrasis del significante (a eso llamamos definir, a decir lo mismo de otras maneras imaginativas). Estos complejos remisionales de objetos y personas que forman entramados relacionales delimitan parcelas particulares de nuestro mundo –se señalan unos a otros, se significan (signan, remiten) –, ambientes o escenarios en los que el atrezo ha sido dispuesto para comenzar la función. El ambiente cultural, el mundo simbólico, nos precede; nosotros no lo decidimos, sino que llegamos a él, y él ya está preparado, o caemos en cualquiera de ellos, arrojados a él, en distintos momentos de nuestra vida cotidiana. Vamos de un lugar a otro lugar, y en todos encontramos parcelas del mundo que aguardaban nuestra llegada impertérritas o animadas.

Dado que los escenarios se mantienen en virtud de su repetición (sólo lo que insiste, es: sólo lo que vuelve una y otra vez a lo mismo sigue siendo), es posible imaginar distintos recorridos o pautas de actuación estructuradas en la medida en que son trazadas dentro de las posibilidades estables del ambiente remisional predefinido. La acción cobra sentido desde la conclusión que alcanzare en cada momento. El sentido es, por lo tanto, la dirección de la acción encaminada hacia una conclusión. El modo en que nuestro comportamiento está comprometido en una acción de este tipo en despliegue es a lo que llamamos actitud. Realizamos nuestros actos dentro de la esfera fáctica y simbólica de un lugar, contribuimos a sostener la ficción que en él sucede, y hacemos uso instrumental de los objetos requeridos o ellos se interponen en nuestro camino, y así el mundo local de nuestra escena cobra sentido en el sentido del proyecto realizado como acción.

Por eso los proyectos dotan de sentido a nuestras vidas, ya sea que los hayamos puesto nosotros (está por ver cómo es posible este protagonismo nuestro) o que los pongan para nosotros las obligaciones (coacciones) que el escenario predefine para los actores definidos en él (el orden social, el orden moral). Una vida sin sentido es una vida ajena a todo proyecto. Por ejemplo, cuando nuestra edad ya es mucha, y cualquier proyecto está imposibilitado; o cuando llegamos a la resignación después de un desengaño, y ya ningún proyecto reviste importancia para nosotros; o cuando algún acontecimiento traumático interrumpe de súbito nuestras vidas y nos saca de sopetón de todos los proyectos en los que vivíamos de continuo. En estas situaciones, decimos de nosotros mismos que estamos desganados (sin voluntad para emprender acciones), y que no tenemos motivo (conclusión temática de la acción) para seguir viviendo. Se puede vivir una vida sin sentido, pero las demandas a las que uno debe enfrentarse son diferentes, y no estamos acostumbrados a responderlas. Es siempre más cómodo vivir dentro del sentido predefinido de los proyectos compartidos por todos, ajustarse al rol, enajenarse, bien socializados, nuestros pasos encaminados en alguna dirección normalizada, de tal forma que basta con echarse a andar para que todo marche, y no necesitamos tener que parar a cada momento para cuestionarnos el sentido de nuestra acción, pues ya está siempre definido por el Otro.

Uno puede pasar su vida comprometido en proyectos siempre definidos por otros, por los microcomplejos remisionales, por los escenarios o por las instituciones en las que los escenarios mismos se arraciman formando un nivel superior de organización social. Es una forma de vida ajena a la que llamamos impropia, pues no somos nosotros quienes la ponemos en juego, sólo nos dejamos arrastrar sin oponer resistencia, nadando a favor de la corriente establecida. Enajenados, alienados, somos un alter –y no un yo propio–, un representante ejemplar (un otro) de una categoría cultural definida localmente (un Otro), otro objeto cultural más en el entramado simbólico del escenario, parte del espectáculo. En el mejor de los casos, somos el buen actor que ejecuta de manera correcta el guión asignado, sin que nuestra torpeza interrumpa los vínculos remisionales predefinidos y cause en los demás desconcierto por no saber ya cómo reaccionar (incumplimos la normalidad de la norma, Goffman, Garfinkel), más allá de reconvenirnos (coacción, Durkheim) para que volvamos a las pautas establecidas bajo control público. No es una mala vida, evita preocupaciones y ofrece sustanciosos beneficios (establecer una relación de pareja, culminar los estudios, desarrollarse profesionalmente), aunque el precio es alto, pues prestamos toda nuestra vida a los dictados impersonales del Otro, sin darnos cuenta de que la vida es algo demasiado valioso para ser prestada sin habérselo pensado un par de veces. Esta es nuestra contribución a la continuidad de las lógicas sistémicas. El sistema se sostiene porque cada uno de nosotros ejecuta correctamente su papel dentro de cada escenario público, y la organización sistémica de la sociedad humana nos aporta demasiados beneficios como para despreciarla con ligereza: nos ofrece un techo, comida, compañía, y dota de sentido a nuestras pequeñas vidas.

Para que yo pueda establecer planes propios dentro de cada ambiente o cada red de ambientes, antes tengo que haberme situado en una posición yo propiamente dicha, afuera, tomando distancia. Sólo cuando salimos figurativamente fuera de las lógicas sistémicas, podemos mirar al sistema, a los otros objetos y sujetos, de una manera renovada, y sólo entonces podemos proponernos acciones propias que harán uso del mundo de maneras originales e innovadoras. Dotar de sentido propio a la propia actuación es una tarea exigente, pues sólo el yo comprende lo que está sucediendo en él, sólo él está situado en el lugar en que él se pro-pone, nadie más comprende, pues los otros siguen comprometidos en sus proyectos enajenados, así que somos los únicos responsables de insistir para que el mundo del proyecto propio que inauguramos se sostenga y siga siendo. Nuestro pequeño mundo depende ahora de nosotros, y el esfuerzo requerirá de todas nuestras fuerzas, porque la tentación de volver al sistema es inminente y continua.

Siendo una producción imaginativa, el proyecto es como una entidad fantasmática que viene a la realidad en la medida en que lo realizamos. No siendo real hasta entonces, tiene el estatuto de la mera fantasía, y creer en él del modo convencido en que solemos hacerlo es vivir en la ilusión de que puede ser lo que no es, sólo porque es posible. Por esto, que el proyecto se interrumpa o fracase nos desilusiona y nos desengaña, pues ya no confiamos en la ingenua ilusión que prometía. Madurar es acumular desengaños, perder las ilusiones, hasta el límite de la vejez, allí donde todo proyecto es ya prácticamente imposible.

Heidegger afirma que el proyecto personal nos pro-pone imaginativamente allí delante de nosotros, creando el espacio de lo futuro, mientras que nosotros siempre estamos encaminados hacia él, en un continuo dejar de ser (pasado) para alcanzar el ser pro-puesto (futuro). Esta temporización de nuestras vidas nos dota de sentido (direccional, temporal), pero también nos descubre que el último proyecto, el proyecto total de una vida que ha nacido, es finalmente dejar de ser en la muerte. El vacío de sentido que anuncia la muerte es una propuesta difícil de asimilar, y cada uno tendremos que enfrentarnos a ella tarde o temprano. No hay prisa, pero tampoco podemos eludir la idea de que el sentido último de la vida se diluye en el vacío sinsentido de la muerte.



viernes, 30 de marzo de 2018

Dialogan las ideas, no las personas

Lo que una tesis o un concepto propone no puede ser refutado con el argumento falaz de que no responde a las expectativas o deseos de los interlocutores y de sus formas alternativas de pensar. El argumento, la idea, tiene su propio alcance, y su sentido pertenece al ser del lenguaje, que tiene su deriva particular, su fenomenología. El diálogo es el modo en que las ideas se apuntalan mutuamente, se matizan, se amplían o se contradicen entre sí en virtud de la lógica que en ellas queda establecida, no porque la pongamos nosotros, las personas que hablamos en cada ocasión, sino porque ella ha venido a configurarse de maneras complejamente propias en el devenir histórico del lenguaje, en el cual habitamos. Esto a lo que las personas llaman comúnmente dialogar entre ellas no es sino poner en juego una serie de estrategias retóricas de influencia y, en el extremo, de dominio, usando de las palabras como armas arrojadizas o escudos de defensa, saliendo del horizonte de sentido que ellas nos ofrecen, para posicionarnos alternativamente en un horizonte de sentido definido por el no hacernos daño, el llegar a acuerdos transitorios no porque sean razonables en el sentido lógico, sino porque se acuerdan en el terreno de lo políticamente apropiado. Enorme confusión en los términos, pues la dialéctica, igual que la construcción simbólica compartida, no es un fenómeno reducible a las estrategias particulares de la voz de los contertulios. Si algo aprendimos con la muerte del sujeto es que el contertulio, el autor, se borra en su propio hablar, y que, por tanto, sólo es el lenguaje el que opera. Si hay algo en estas condiciones a lo que podamos llamar yo, no es lo que estaba antes, sino lo que el lenguaje nos atribuye (un lugar en el discurso, una subjetividad de prestado).

La construcción social no es, por tanto, obra del sujeto ni de la reunión de los sujetos. No basta con las personas para comprender el acontecimiento de la construcción simbólica compartida, porque él no sucede en las personas, sino en el lenguaje. Es el lenguaje el que, una vez muestra su propia dinámica, nos impone sus condiciones, sus posibilidades y sus resultados. No dialogan las personas, sino las ideas. Nosotros no somos los constructores, sino los testigos de la deriva lógica de las palabras.

Esta proposición, que el ser de la construcción simbólica pertenece al lenguaje, nos aleja irremisiblemente de todo psicologicismo y nos aproxima a las inquietudes de la lingüística, a la historia comparada de las mitologías y las narrativas, a los diferentes géneros del discurso, a las inteligibilidades que nuestras tradiciones culturales proponen para nosotros. Va contra los propios principios teóricos que lo fundamentan el suponer que nosotros somos los protagonistas de la conversación, los agentes, cuando es ella, y en ella, donde al fin nos realizamos y donde encontramos un suelo desde el cual reflexionar para mirarnos como sujeto cultural (subjetividad) o para mirarnos como el vacío egótico y autónomo del que ignora la voz toda del lenguaje, la parlotería del Uno, la medianía, que diría poco más o menos el maestro Heidegger.

Esta reflexión establece un marco teórico que se sustenta en tres pilares: la construcción compartida, la teoría del lenguaje y del habla (la lógica, en su sentido estricto) y la fenomenología del yo, principio fundamental de la filosofía occidental desde el cogito cartesiano. El construccionismo sólo no basta. Nos situamos en una confluencia teórica compleja, entre construccionista, discursiva y fenomenológica.

Sólo queda mencionar una precaución. La cuestión construccionista, según yo la entiendo, no se refiere a una dinámica democrática de búsqueda de un consenso (inestable) en el que cedemos parte de nuestros principios o de nuestras pretensiones para venir a un acuerdo de paz o de cooperación con el otro. Esta idea peca de un buenismo ideológico a todas luces equivocado que ignora las terribles lecciones de la historia de la humanidad, el cual supone que nuestra época por fin ha descubierto el diálogo como una forma de construir un mundo más justo o más armónico, más “democrático”, sin reparar en que el consenso sólo es otro nombre de la norma que, tarde o temprano, taimada, se volverá coactivamente contra nosotros para obligarnos a ella en nombre de la tranquilidad de los demás. Yo no pienso para tranquilizar a los demás. Las decisiones sobre las ideas no pueden hacerse depender de un criterio de tranquilidad de los unos y los otros, so pena de fundar la lógica en una acción política ramplona, de reducir las ideas a un mero instrumento de homogeneización tranquilizadora de las opiniones dispares. Adiós a la libertad de pensamiento, adiós al yo que se distingue, adiós a la filosofía, todo en pos de un mundo neutro poblado de medianías, instalado por propia voluntad en la mediocridad del punto medio, el que contenta a todos menos al pensamiento libre.



lunes, 5 de marzo de 2018

El cuerpo


Pienso en el modo en que camino por la calle lentamente, mis piernas avanzando en un arduo y silencioso esfuerzo para continuar la marcha en equilibrio. Siento la resistencia del suelo a cada paso, la tensión de los músculos. Basta con que piense en avanzar en cierta dirección, en señalarme un punto de llegada, para que ellos me lleven caminando. Yo no decido los movimientos, cada movimiento, es mi cuerpo el que camina, él es el que corrige los pesos, el que emplea sus fuerzas, el que se resiente aquí o allá. Puedo verlo caminar, puedo sentirlo, pero no soy yo, no responde ante mí más que de un modo genérico (pienso en el escalón, él baja; pienso en torcer, él gira), hasta tal punto que yo puedo seguir distraído pensando en mis cosas, tarareando cancioncillas o jugando con las ideas sin que tenga que preocuparme o que dedicar mi atención un instante a su correcto caminar. Es autónomo, y no soy yo.

Podríamos decir el yo empírico o, sencillamente, el cuerpo. Esto a lo que llamo yo en sentido estricto no es mi cuerpo, sino la idea que me tengo de mí mismo –como insiste Fichte con empeño, la que cada uno debe darse, o no entenderá nada–. En la reflexión del yo, me reconozco a mí mismo en una interioridad de imágenes y palabras, en un silencio de mundo donde sólo queda el flujo confuso y libre del pensamiento. Esa continuidad –también ella empírica– me sirve para establecer una referencia, una cierta imagen, de la idea de qué cosa soy yo. Y no es mi cuerpo, es autónoma.

Mi cuerpo me pone en el mundo. Se mueve y sufre o disfruta un mundo que no soy yo, y así lo pone ante mí. Y yo lo miro con los ojos del pensamiento, lo imagino y lo hablo, y tengo la ilusión de un mundo que sólo es para mí, que yo soy lo único del mundo que no es enteramente mundo, sino algo diferente a lo que llamo yo, y que el mundo es tan indudable como que no puedo dudar de lo que sirve de fundamento para mi propio pensar. Pienso directamente en el mundo, dentro de un mundo ajeno que ahora me pertenece, siquiera sea en la imaginación parlante que pone orden dentro de él, que lo nomina y que me muestra opciones hacia donde encaminarme. Ambos coexistimos de manera autónoma, íntimamente relacionados. Yo salgo al mundo imaginativamente, y el mundo recibe a mi cuerpo, y así se me muestra.

Bien visto, no es más que el viejo problema cartesiano de la relación entre la res cogitans y la res extensa, el alma y el cuerpo, el ser ideal y el ser empírico del yo. Mi aportación es leve, apenas doy testimonio. Creo que no es necesario suponer un algo que sirva de puente entre ambas sustancias, y que resulta incluso contradictorio suponerlo, ya que, por definición, ambos son autónomas, y no pueden ser de otro modo. Más allá, es el problema clásico de la causa formal, de la relación entre el λóγος y la Φυσις, la idea y la materia. En las inmensas regiones del ser coexisten naturalezas diferentes. Que convivan no quiere decir que tengan que ser mutuamente reducibles. Que establezcan relaciones no quiere decir que vengan a ser una misma cosa. Cada una encierra su misterio, y a nosotros nos queda preguntarnos por él.

El problema del yo, sin embargo, es otra cuestión. No se trata de averiguar de qué modo el yo es también mundo (no puede dejar de serlo), sino de preguntarnos cómo conseguiremos conservar la libertad frente al mundo para poder seguir hablando de un yo propiamente entendido.



Thomas Eakins con una mujer en brazos
1883-84

miércoles, 24 de enero de 2018

Date tu libertad, si quieres

Debes darte a ti mismo tu libertad. Si esperas que alguien te la dé, no es libertad, sino manumisión, y sueñas quizá con desprenderte de tus ataduras por la graciosa intervención de un tercero, al que sirves voluntariamente bajo la promesa de, ya veremos, algún día, liberarte. Aquí no hay gracia, ni libertad, ni nobleza alguna, sino esclavitud, sumisión, y un falso razonamiento que sólo se sostiene por estupidez o por interés, y así el tonto que confía en la mano bondadosa que le estrangula, pues algún día dejará de hacerlo, o el pícaro que disimula agazapado esperando su momento no de alcanzar la libertad, sino el poder de obligar a otros bajo su mano.

La libertad no es objeto, ni estatuto legal (si la ley me hace libre, tramposa, ella misma me somete), sino posición ante el mundo, la que asume el que ignora las propuestas mundanas, las alternativas predefinidas, los fáciles recorridos del éxito público, todos los pactos de Fausto. Si me indicas un camino y lo recorro, no hay libertad. Si me dictas los objetivos que debo conseguir, los valores que deben servirme de referencia vital, los modos de ser que me darán una vida previsible, no hay libertad. El concepto de libertad es estricto, todo o nada, no se es libre a medias, ni siervo a ratos. El siervo de un momento es siervo de por vida; el hombre que se libera es ya por siempre libre.

El problema es que no nos gusta, o no entendemos, o nos aterra lo que ofrece la libertad, que es literalmente nada. O eso pensamos sin pensarlo verdaderamente. La masa es burda, pero cálida; el poder es implacable, pero ardiente, erótico, y el estatus social mulle nuestro ego vanidoso y pobre, por eso hace frío en la soledad, en la difícil expectativa de no tener expectativas previstas, la amenaza del fracaso público, la invisibilidad de no contar en las cuentas de los que echan las cuentas, los mercaderes del templo, nuestros amigos y hermanos, nuestros compañeros, nuestros amos. Lo que halles (lo que hoyes) en la libertad está en tu mano, y sólo en tu mano, en eso consiste la libertad.

Si quieres ser libre, prepárate para un largo invierno a solas, y alégrate cuando encuentres a alguien tan perdido como tú, porque habrás encontrado a una persona.

Puedes ser libre, no te engañes, no hagas como si fueras un tonto, un memo, un simple (¿lo eres?), no disimules como si la cosa no fuera contigo porque tú estás seguro en el interés (allá tú con tu mundo de esclavos, y pobres los que compartan contigo esclavitud convencida). A cuántos habrás engañado después de engañarte a ti mismo, a cuántos habrás mentido porque es mejor así, mintiendo, sin más principios ni más dignidad que ser un modelo de mentiras, rey desnudo ante una corte de lacayos en pelota.

Si quieres ser libre, si estás dispuesto al frío del invierno a solas, al aislamiento, al fracaso público, debes darte a ti mismo la libertad, debes darte a ti misma la libertad. Debes mirar al otro cara a cara, de tú a tú, a todo otro, al que te mira a los ojos tanto como al impersonal que se presenta como la voz autorizada del grupo, de la moral, de la cultura perversa y mal entendida, pues no hay en ellos ética, ni belleza, ni cultura viva, sino disimulo barato, truco de trilero. Mírale a los ojos y dile serenamente NO. Es un ejercicio sencillo, practica el NO. Niega su verdad mentirosa, sus propuestas interesadas, sus consejas tramposas, niega su versión del mundo, niega su mundo, es sencillo, pues su mundo sólo es la gran mentira que él cuenta, que todos cuentan por nuestro bien, que es el suyo y sólo el suyo, no te engañes, si te invitan a las comodidades de su mundo, sólo es para que lo agrandes para ellos, para que lo puebles de siervos sobre los que ellos puedan destacarse y gobernar. Basta con eso, es sencillo, sólo una mirada serena a los ojos, distante, un desprecio educado, y un NO rotundo y sonoro, viril, convencido, inflexible. Basta con eso, es sencillo, también tú puedes hacerlo.

Y prepárate entonces para el invierno largo que te espera.



viernes, 27 de octubre de 2017

Números primos

Somos un número en las previsiones electorales, somos un número de manifestantes y contramanifestantes, un número en la pequeña mayoría silenciosa y en la gran minoría visible. Somos un número de residentes, de inmigrantes, de turistas, un número en las cifras macroeconómicas. No tenemos rostro, ni deseo, imaginación, voluntad, insomnios. Somos un número de espectadores en el share televisivo. Somos un número de likes al final de un texto como este, un número de amigos que nunca hablan en las redes sociales. Somos números en una fila uniformada, todos iguales, cada número igual a otro hasta formar la masa informe de los números. Somos un número en los cálculos del estratega que busca aumentar el número de adeptos y reducir el número de desafectos. Nuestra vida importa un carajo más allá del número. Somos un número de usuarios, de clientes, de IP, una coordenada de google, un número de móvil. Ellos no gobiernan personas, manejan los números que somos, movilizan números que nunca sabemos cuántos son, mienten hasta en el número. Somos el número de votantes que repiten una consigna, el número de votantes que legitiman una mentira, cualquier mentira. Numberland, Numeralia, apátridas en el Estado virtual de los que tienen números de ciudadanos, de clases activas y clases pasivas, de hablantes de una lengua, de residentes de una región, de hastiados de un régimen que se arrojan a los brazos del hastío de otro. Somos un cálculo de riesgo en las previsiones del seguro, un número de hipoteca, un número de visitas en una página web, un número de nacimientos y de muertes en las páginas de sucesos. Somos una interminable sucesión de números fragmentados, rotos por fuera, descosidos por dentro.

Nuestra opinión no importa, sólo es un número en una encuesta de opinión. Nuestra identidad no importa, sólo es un número en un documento de identidad, en una tarjeta de crédito, en una tarjeta de socio, un número de cliente, un porcentaje de acierto, el gato de Schrödinger sin gato y sin Schrödinger.

Somos igual que ellos, que son sólo un número de diputados, de miembros de un consejo de administración, de grandes y pequeños empresarios, de autores y editores, sólo el número interminable de los amamantados, los apesebrados, los que pacen rumiantes en la hierba de los números nacionales, supranacionales, antinacionales, desnacionalizados en la imposible nación de los que no hemos nacido ni naceremos.

La ciencia es aritmética hipotético-deductiva, la psicología es aritmética de la personalidad, la sociología es aritmética de las masas y las poblaciones, el derecho es un número en el código de Hammurabi, la política un número en el ejército de la infantería sin cerebro, un número sin tristeza de muertos colaterales. Aritmética simple, mera suma, mera resta. Ya no hay magia, ni religión, ni belleza, ni ideología, sólo geometría de las inundaciones del Nilo, teorema del triángulo, número pi, factura en negro, ticket de compra, número de serie.

Odiamos el número de los otros, nos dejamos arrastrar a la guerra de los números binarios, el uno contra el dos, tú contra mí, él contra ella, pares contra impares, números racionales contra números irracionales. Civilización del número, espejismo cálculo de la modernidad post, moral matemática, clínica estadística, justicia administrativa del protocolo y el punto de corte, cultura de los números naturales desnaturalizados, uno más uno, más uno, más uno ad infinitum númera, hasta la innumerable conclusión orwelliana de la china de mao, de la rusia de stalin, de la europa del euro, de las naciones unidas donde no hay personas, sólo naciones y naciones sin nación que aspiran a ser naciones con nación, sólo con nación, sin habitantes, sólo con sillón y diplomacia, con un buen sillón y una mala diplomacia. Teatro número del mundo, tragicomedia de los números y los molinos de viento, non fuyades, que un solo número es el que os acomete.

Entre tanto, escribimos versos sin contar las sílabas, amamos sin contar los minutos ni los días, lloramos sin contar las lágrimas, reímos sin contar los golpes del diafragma. No importa cuántos somos, solo que estamos aquí, ocultos bajo el disfraz del número. Aquí, donde ellos no llegan porque el número no les deja mirarnos. Ingobernables, hemos muerto equidistantes, al margen, cuchicheando sin hacer ruido, libres para nada, para todo. Es bueno que así sea.



lunes, 2 de octubre de 2017

Sin partido

No necesito tomar partido, basta mi opinión para que los demás, los unos y los otros, me posicionen enfrente de ellos, por eso no quiero opinar. Nadie querrá escucharme, lo que yo tenga que decir no importa, ellos ya tienen claro todo, sólo necesitan escucharse a sí mismos. En una situación de polarización creciente, todos mantienen el mismo planteamiento: conmigo o contra mí. Lo que yo pueda decir es completamente irrelevante, y sólo sería de interés si los unos y los otros vieran en mis palabras la corroboración de sus posiciones, si repito el eco de las suyas. A ninguno de ellos le importa que el relato épico en el que se sienten protagonistas de la historia nos condene a los demás a no poder tener opinión, a obligarnos a entrar en un juego perverso que sólo lleva a más de lo mismo, a extremarse, pues una vez dentro de él, sólo el que demuestra ser más extremo, más asertivo, más radical, tiene legitimidad para hablar. Todo lo demás se convierte en sospechoso. Para ellos, los demás somos cobardes, conniventes de uno u otro bando, personas que no queremos o no sabemos afrontar con una posición definida nuestro papel en este peligroso juego histórico de las polaridades. Pero yo no quiero estar con ninguno, no quiero que nadie me convierta en su enemigo. Si tengo que elegir, prefiero no elegir, ser enemigo de todos y de ninguno.

Este es un juego cabrón, tenso, una espiral que no prevé límites. Amigos a los que aprecio, cuya opinión siempre escucho con atención, dicen que no estaban de acuerdo, pero que, al ver el comportamiento de los otros, se arrojarán en brazos de uno de los dos bandos. Su respuesta es sumarse a la polarización, tomar partido. Esto está sucediendo en los dos lados, personas buenas (la banalidad del bien) que, ante el devenir de la situación, dicen verse impelidas a tomar partido, a ceder y posicionarse. En un extraño ejercicio de responsabilidad, escogen dejar de tener opinión propia para dejarse llevar, condicionar o instrumentalizar por la opinión y las acciones de los demás. Ellos no lo tienen fácil, lo comprendo, ni nadie, yo tampoco. Al escucharles, yo también me siento interpelado. Me entristece ver lo que sucede, como a todos, hoy nadie tiene motivos para la alegría, y me avergüenza no tener opinión, no tener nada que decir aunque pudiera decir muchas cosas. Sin embargo, al pensar en ello, mi conclusión es que no quiero decir nada. Me entristezco como el que más, pero no tomaré partido. No porque no lo tenga, pues también en mí los sentimientos y las razones se agolpan y pujan por definirme, sino porque no quiero aceptar las reglas de este juego de banderías y partidos, más simples e inaceptables cuanto más extremas, cuanta más gente se suma.

Puedo entenderlos a todos, no es difícil, basta con escucharles respetuosamente para ver que unos y otros están armados de razones, sentimientos, consideraciones, conveniencias. Al mismo tiempo, quisiera desentenderme de todos, porque veo en todos el desprecio al otro, la violencia de las palabras y los actos, y, sobre todo, porque, analizadas con calma, todas las razones son pobres, listas escuetas de argumentos que deberían conducir a la duda antes que a la seguridad con que se pronuncian, y a veces se expelen, y que sólo sirven porque alimentan la hoguera. Aquí no hay razones en juego. Palabras sencillas y emotivas que deberían ser pronunciadas en minúscula, como libertad, patria o convivencia, se pervierten sin respeto para convertirse en instrumentos, estrategias, mera retórica de conveniencia para crear discursos en los que yo no quiero estar, en los que no quiero dejarme atrapar, y que, como hemos visto tantas veces, y seguiremos viendo tantas otras, sólo llevan a lugares a los que yo no quiero ir.

Nos engañamos, aquí no se trata de encontrar soluciones, no hay soluciones cuando los términos del debate se plantean en los términos polarizados del conmigo o contra mí. Para opinar, antes tendríamos que rechazar radicalmente los términos del debate, pero esto no lo desea nadie, por eso mi opinión es irrelevante, por eso no tiene valor lo que yo pueda opinar.

No me importa quién nos gobierne, siempre será la Razón de Estado, ese sumidero donde todo cabe. Mi única preocupación es cómo hacer para que no me gobierne nadie.










sábado, 19 de agosto de 2017

Intersticios

Llamamos comúnmente sistema a una estructura colectiva de poder, de apariencia estable, sostenida por una ideología o conjunto de saberes y valores. Definido como sistema normativo, es decir, como conjunto de formas (categorías, normas, pautas, estructuras…) relativamente estables que se nos imponen con apariencia de necesidad, condiciones de partida sobrevenidas, los intersticios son los espacios invisibles a los que el sistema no alcanza en su afán de explicación total de un mundo y dominio total de los que vivimos en él. El sistema está poblado de motivos, de formas correctas, de temas con que enmarcar nuestra reflexión y nuestra interacción cultural. El sistema es el lugar definido, la institución de macizos muros simbólicos que se quieren intraspasables, un microcosmos trazado mediante un entramado de estructuras remisionales, objetos que hablan unos de otros, que se invocan o se reclaman de continuo, entre los cuales nos hallamos también nosotros, el yo y el tú que no somos sino objetos culturales, sujetos (des)personalizados, cuerpos prestados para el despliegue teatral del rito, la moral de las costumbres, lo previsto, lo correcto. Todas las pautas culturales establecidas forman sistema. En ellas, somos entidades fantasmáticas que repiten lo que debe ser repetido para sostenernos en la ilusión del sentido, y sostener así el sentido de la ilusión sistémica.

No obstante, ningún sistema es exhaustivo, ni en el alcance de su definición del mundo, ni en su práctica de dominio. Ya la mera definición normativa genera lógicamente su contrario, el incumplimiento de la norma, la rebeldía o el delito, que siguen siendo sistémicos. El rebelde se mueve en la negación de la norma/forma, de tal modo que necesita de ella para ser, y de tal modo que su oposición la justifica, él es lo que sirve a la norma para definirse, pues ella es lo que su opuesto no quiere ser. La vida del rebelde es, al fin, la coreografía del enemigo fiel a quien todos deseamos para dar la talla de nuestra altura, el adversario sistémico que nos acompaña y une su biografía a la nuestra, que así son las mismas, tal como él y yo lo somos. Sistema y rebeldía somos aliados. Ambos hablamos el mismo lenguaje: si no estás conmigo, estás contra mí, que es el modo total de estar unidos. Todo el que quiera escapar deberá escapar de ambos, y ninguno de ellos lo consentirá de buen grado.

El sistema es uno, pero también son muchos. Como un juego de solapamientos y simulacros, los diversos sistemas históricos o locales compiten por ocupar parcelas del mundo definidas desde otras parcelas sistémicas, ramificándose y complementándose de maneras diversas, formando la ecología de los universos simbólicos, ecología de los discursos, de las instituciones, hábitat mundo del mundo de los humanos, ecosistema total cuyas piezas no engranan con precisión, pues carecen de ingeniero mayor, o de empresario racional fordista, y la tarea principal del sistema es afirmar su existencia, para que todos creamos en ella, y sea. El sistema es un inválido débil, cuya fuerza reside en que todos ignoremos, o simulemos ignorar, el secreto de esta torpe verdad oculta a medias.

El intersticio es el hueco que genera el sencillo desliz fuera de la norma. Basta un mínimo cambio o un abandono imprevisto, dejar de hacer lo que ha de hacerse, para que se revele intersticialmente el no lugar indefinido que nos orilla del sistema y, en correspondencia, nos sitúa ante nosotros mismos, en la duda sobre qué hacer o qué está pasando, en el asombro ante lo diferente que sucede, ante la tarea de inaugurar un mundo que, idealmente, habla su propia verdad al margen. El intersticio es una posición afuera, una exterioridad informe, sin nombre, un vacío de formas previstas, cuya praxis, sin embargo, nos devuelve con facilidad al mundo de las buenas formas. En el vacío sistémico no paramos de hacer, seguimos haciendo lo de siempre, sólo que en un lugar distinto. Desembarcamos en él cargados de rutinas bien establecidas, aunque su despliegue en el nuevo lugar las renovará en cierto modo, y ofrecerá una perspectiva alternativa que podrá incluso competir con el propio sistema original en la pretensión de tener la verdad sistémica total, de alzarse como ideal de referencia alternativo. De este modo, el intersticio, espacio heterogéneo, vacío ignoto, se llena pronto de buenas formas, y el nomos es respondido con el nomos, el trono con el trono, la palabrería con la palabrería.

El sistema siempre soy yo. Huir de la opresión sistémica es huir de uno mismo, del sistema que uno mismo sostiene, evitando que nuestra huida se convierta en ejemplar, para que no genere formas, para que no vuelva a crear sistema, para que la opresión no siga a la opresión, el dominio al dominio. Esto no es un truco de mago de feria, no alzo la voz para que los demás me sigan, no hay mesías redentor, sino un perro que orina en su propia casa.

Para mantener el ideal de la libertad, basta con que nadie nos mire (quizá sólo nuestro cómplice a solas), que no queden huellas ni haya testigos, que el sistema original no genere sus propias articulaciones, o que no descubra las articulaciones que le ofrece el propio intersticio en ciernes de formalizarse. Que nadie nos vea, que nadie hable de nosotros, que nadie se apropie de nuestra voz al margen para ocultarla o silenciarla bajo el disfraz de la palabra prestada o del criterio ajeno. Que no puedan decir nada, ni siquiera nada. En un ejercicio de escapismo trasnochado, de nomadismo hácker, de ocultamiento infantil a la vista de todos, nuestra posición intersticial puede cerrarse a sí misma la posibilidad de erigirse en sistema alternativo. Incluso, más allá, en los intersticios de los intersticios, en los vacíos que inaugura su propia sistematicidad, aún disponemos siempre de vías para escapar de nosotros mismos, en la deriva del (sin)sentido, en la huida permanente del sentido, de la apropiación indebida, aunque para ello sea necesario olvidar una y otra vez lo que nunca fuimos, suicidarnos apenas después de haber nacido, para nacer de nuevo, al margen de todo, también de nosotros mismos.

La libertad no aspira a dominar un mundo. Ella es la negación de toda aspiración, transparencia pura, invisible a todas las miradas, a la vista de todos en medio del paseo público.



domingo, 30 de julio de 2017

El escondite

Los centenares de miles de líneas escritas en los libros de una biblioteca sólo pretenden una cosa: decir aquello que, a duras penas, consiguen decir. Así, toda biblioteca es en cierto modo una farsa, o el mero registro de la duda. Qué haya en la duda no puede ser comunicado, pues en Nada se afirma.

El texto siempre dice más de lo que cada lectura es capaz de decir. Más de lo que todas las lecturas reunidas en confusión podrían dar a entender. El texto se abre para que llegue a nosotros lo que nunca acaba de llegar. La condición del texto es que nunca llegue a ser dicho. La obra nunca debe ser terminada para que su operación continúe.

La obra es lo que se deja transitar en infinitas variaciones. Su valor es no alcanzar la clausura que la condene a la historia de las formas repetidas. La obra es la informidad necesaria para toda forma (denominación, identidad, costumbre, idea), y toda forma es, al fin, la traición que intentó acotar lo inacotable de la obra, sin entender Nada.

El texto, como la biblioteca o la obra, son elaboraciones misteriosas de unos pocos que viven en el anonimato de la autoría. Ellos son las frases de cada página del libro, pero, como las frases nunca acaban de decir, ellos se transforman hasta la desilusión, se espesan entre las líneas del texto hasta que Nada es reconocible, ni ellos, ni el sentido, ni el texto. Desde el inicio del texto, ya no queda otra referencia que Nada.

El texto se sostiene en la comunidad borgiana del secreto, a la cual todos pertenecemos, puesto que el único requisito es no saber que no se pertenece. Todo saber y toda ignorancia son igualmente sospechosas de ocultar el conocimiento del secreto. Quien guarda un secreto, habla mucho para decir Nada, o calla para que haya Nada que decir.

Es imposible esconderse de uno mismo. Para esconderse, uno debe exponerse en medio del paseo público, a la vista de todos, sin que nadie le vea. Uno debe elaborarse como una performa fantasmática, espectral, mera aparición fatua cuya forma es sfumata. Para esconderse, los demás deben saber que el texto está escondido y que se esconde muy cerca, caliente, caliente. Deben creer que hay algo que buscar, aunque el único desenlace posible sea la imposibilidad de un encuentro que siempre está por llegar, que quizá ha llegado, o que nunca llegue.

Mi primera pregunta es: qué estructura tiene la estrofa del secreto, cuál es el género de lo heterogéneo, con qué pinceles se dibuja el vacío de la página, cuál es la identidad de lo que no puede ser reconocido o aceptado. Es decir, qué forma le damos a lo que sólo puede ser promesa y continuidad de lo informe.

Mi segunda pregunta es: a quién le importa un carajo lo que tenemos que decir, que es Nada y secreto. Es decir, quién es el lector que debe guardar testimonio de que hubo Nada. ¿Será el vociferante que repita lo que encontró, para que se mantenga la sospecha de que Nada fue encontrado, o el silencioso que continúe el secreto sin dejar de callarlo?

Quien escapa una vez escapa muchas veces, ya siempre está escapando. No se escapa del mundo, sino de nosotros mismos que hacemos presente un mundo en perspectiva. Para escapar, no se mata al padre, sino que se le desprecia, allá se muera o no. Para escapar, hay que matarse a uno mismo, al Otro de uno mismo. Sin sacrificio, sin redención, sin gloria, a solas. Sólo un suicidio discreto. Que nadie se pregunte qué fue de mí (qué sabrán ellos); que, en el delirio de la conciencia, yo tenga que preguntarme una y otra vez qué fue de mí.

En el juego infantil del escondite, gana quien nunca es descubierto. Sólo él puede salvar a sus compañeros, aunque aquí no se trata de salvar a nadie, sino de poner el texto a salvo para que pueda seguir prometiéndose.



miércoles, 19 de julio de 2017

Audiencias y espectadores

No hay mayor gozo para el artista que meter las manos en el barro informe e ir poco a poco apareciendo la arquitectura definida de la obra. El arte, como el pensamiento, como la vida, sólo pueden ser libres. Lo otro no es arte, ni pensamiento, ni vida que merezcan esos nombres. El artista se cuelga alucinado del mero sonido, de las brillantes armonías, en un tempo que escapa a la medida repetida del tiempo del mundo, prolongándose en loco desvarío, como el ciprés de Silos, devanado a sí mismo en loco empeño.

A solas, el artista olvida con facilidad, pues la nota que empieza cada vez deja paso a la nueva melodía, y siempre el éxtasis estético es superior en la nota que está por llegar que en la mera repetición de lo que, en puridad, no puede ya ser repetido. En el tiempo de la creación, la norma es estúpida, y el artista rebasa las formas, las comprende hasta la pretensión de escapar de ellas, y no tiene miedo a equivocarse, a corregir, a vaciar las papeleras o raspar los lienzos para seguir en la tarea absorbente de encontrar la nota, el brillo, la luz, el color, pues sabe que siempre está por llegar el sonido último, el trazo definitivo, aquel que justifica la búsqueda, el delirio del arte que vive sólo para sí mismo, a quien servimos con puntual reverencia, egoístas, avariciosos, sucios de sonido y óleo, silenciosos, ajenos al mundo que ignora lo que es sentir la belleza entre las manos, escuchar la voz del ángel que no cesa de acercarse.

Sin embargo, todo artista sabe que siempre hay un artista mayor, el ideal, el maestro que pulsaba las notas y los pinceles del modo único en que deben respetuosamente ser acariciados, desplegando manchas de color y acordes redondos del modo verdadero en que deben ser mostrados. En la memoria vibrante de las cuerdas, el maestro una vez pulsó la nota perfecta o compuso la pieza sublime a la que siempre quisimos parecernos, la que nunca supimos superar, pues no es posible superar la idea con la idea, sino dejarse atrapar por ella cuando se hace presente, siquiera sea en un burdo parecido que nos extasía porque era algo así, debía ser algo así, porque sólo alcanzamos la belleza cuando es algo así, digno del recuerdo y la herencia de los siglos.

El artista, egocéntrico y vanidoso, se viste de sí mismo cuando sale al mundo, sabedor de que un público ansioso y dispuesto espera de él que les muestre la magia de los escogidos, el clímax elitista al que muy pocos están llamados. Sólo un pueblo civilizado convierte la palabra en literatura, el sonido en música, la piedra en escultura. Sabedor del asombro que provoca su trabajo, oculta su imperfecta pulsación, sus errores, los muchos tropiezos necesarios que requiere el dominio de las técnicas, y despliega ante su audiencia las notas como si fueran por primera vez, interpreta, es decir, crea la atmósfera única donde surge le belleza pudorosa que apenas se muestra un poco, y así, el concierto, la exposición, la conferencia magistral, serán verdad no porque hayamos acertado a producirlas, sino porque los demás ingresan en ellas con el silencio atento del público que sabe esperar el momento clave, el éxtasis compartido, cuando hasta el aire que se respira participa en la coreografía total de la experiencia estética. Ellos, los ignorantes, los que sólo miran y escuchan, que apenas distinguen un acento de otro, cuántas veladuras fueron necesarias, cuántos recursos técnicos debieron aprenderse y olvidarse, son al fin la prueba definitiva, los únicos convencidos, los que rellenarán de halagos rimbombantes las críticas y las conversaciones, los que se llevaron al otro Borges, los que guardarán el recuerdo de la interpretación que para el artista sólo fue una entre muchas, mientras ellos proclaman que nunca sucederá tanta belleza. Ellos, los ignorantes, con su presencia callada y atenta, respetuosa, que tanto agradecemos sinceramente a pesar del cinismo, son el testigo, los que registran/fijan el modelo, el canon, los que escribirán el verdadero nombre de la obra, mientras nosotros, llegado el final del espectáculo, recogemos cansados los instrumentos para volver, solos y vacíos, al descanso apetecido.