domingo, 23 de abril de 2017

La obra

Forma parte del saber antiguo, hace falta morir para comenzar de nuevo. Si nuestra vida como sujeto-Otro, encarnación del impersonal de la cultura, es la vida del siervo que aguarda disciplinado, domesticado, las dádivas y las órdenes de su señor, las sobras del gran banquete de la cultura de los siglos –el poderío del museo, de la metrópoli, del discurso–; romper con la servidumbre sólo puede ser ruptura radical, rechazo radical, libertad negativa, corte tajante, desmembramiento doloroso en el que quedamos huérfanos de cuerpo, sin la vida bien definida que el Otro nos prestaba en sus dádivas y sus órdenes. Por eso, para escapar, sólo nos salva la espada.

Cortar la articulación con el Otro que nos domina, que dulcemente nos violenta, callar con lo rotundo del silencio la voz del amo para volvernos hacia nosotros mismos, para volverme hacia mí mismo y llegarme a mi vacío profundo y solitario. Libre al fin con toda mi voluntad vuelta hacia mí mismo, agotada en la contemplación de la nada que ahora soy, sujeto-nada, instantánea del narciso inmóvil e impedido, libre para nada, libre absoluto para una nada absoluta que nos cobija afuera de todo y de todos, afuera de uno mismo en lo más adentro de uno mismo. Fin de la palabra, fin de la cultura, fin del mundo y de la historia del mundo. Muertos de continuo, zombis, voluntariosamente muertos, señores de nuestra propia servidumbre hacia nosotros mismos, sumidos en el punto sin dimensión del sujeto-nada.

Se trata entonces de seguir vueltos hacia nosotros, agotamiento narciso de la voluntad, o de volvernos hacia la obra, hacia la nueva apertura que nos invita. La voluntad gira en una danza interminable, del silencio al silencio, del paso de baile al paso de baile, del baile alucinado de Ofelia al ballet del gran paso a dos. La obra es nuestro afuera más lejano, más allá del vacío yo interior, alternativa al más allá de la cultura que ha quedado en el olvido. Ella es lo heterogéneo, lo que no se parece a nada, lo que no alegoriza, lo que se basta a sí misma para ser contemplada, puro signo, lo que habla en un idioma absolutamente otro donde las voces que nada significan lo significan todo, amablemente abierta, ofrecida sin pretender, sin esperar, sin atar. La obra es lo informe, la condición de la forma, la confusión de un mundo indescifrable que sugiere sin apuntar, que promete sin decirnos qué, pues no hay qué, no hay pronombre que pueda suplantar su grito desencarnado. Ella es el nuevo mundo, el mundo otro afuera del mundo conocido y olvidado, dejado al margen. Ella es lo que se abre en el margen, el hueco, el intersticio, un extenso vacío de mundo que puede ser habitado, deambulado, admirado sin fin en su belleza única y singular. Por eso, para vivir, sólo nos salva el arte.

Comenzamos de nuevo en compañía de la obra, acogidos por ella, madre tierra, nuevo mundo. El sujeto-nada se vuelve voluntariosamente hacia la obra para seguir siendo sí mismo vivo, yo a solas en compañía de la obra. Nuestra nada está ahora acompañada de la nada de la obra, extasiados, alucinados al margen del mundo que nos quedó más allá, en el olvido. Nuestra nada sin nombre, egoísta, centro vacío de sí misma, se arroja ahora en la nada sin nombre de la obra que nada dice y que, sin embargo, lo dice todo, pues ella es ahora el mundo en el que todo se dice a sí mismo. Somos ahora artistas comprometidos en la obra, nuestras manos, nuestra mirada, nuestro cuerpo todo, nuestra ánima toda, están ahora embarrados de la obra, sumergidos en el horizonte inmediato de lo que no tiene forma y puede tener todas. Creamos. Ella nos da el material, el caos informe, sin pedir nada a cambio, madre tierra, diosa primera voluptuosa y virgen, terra incognita que se abre y nos cobija. Labraremos sobre ella los surcos de nuestro paso, omnímodos y violentos, demiurgo, la rasgaremos para extraer de ella lo que nunca nos escondió, y nos saciaremos del fruto de sus vides, impúdicos y felices en la fiesta del origen.

Es curioso. No hemos dejado de reproducir la cosmogonía antigua. Nuestra (post)modernidad es tan antigua como ella. Siempre la misma operación neolítica: la espada y la tierra, el corte y la cerámica, la forma de lo informe, herreros y alfareros, eterno retorno de lo mismo. Siempre es agradable volver a casa.



domingo, 16 de abril de 2017

El texto solo

La literatura no tiene entonces más que retorcerse en un perpetuo retorno sobre sí misma.
Michel Foucault, Las palabras y las cosas

Cómo puede interpretarse un texto con los términos incluidos en el propio texto, los que ya forman parte de él, sin salirse de él. Cómo pueden deslindarse los términos del texto y los términos de la interpretación del texto si ambos forman parte del mismo texto. Cómo puede el texto serse exterior a sí mismo, cómo puede mirarse, leerse desde fuera desde dentro. Cómo puede la interioridad del texto serse exterior para dar lugar a la interpretación, a la lectura, a la crítica. O bien, cómo puede interiorizarse lo que no es sino despliegue continuo, exterioridad pura, habla que retumba. Cómo puede el exterior del texto volver sobre sí mismo si no hay interioridad sobre la que volver, si no hay referencia original sino despliegue exterior de lo exterior que es el propio texto. Cómo puede el texto encerrar lo que le queda afuera, cómo puede encerrar lo que él mismo deja abierto.

Si para interpretar un texto tomamos los materiales que forman el propio texto, no haremos sino extenderlo, agrandarlo, añadirle una línea más que no escapará de sí mismo, que lo continuará. Qué especie de racionalidad demente es que el texto se lea a sí mismo. Si el texto se lee a sí mismo, si dice sólo lo que dice, si anuncia la llegada de su anuncio, sin dejar de hablarse, toda nuestra lectura, nuestra ciencia, nuestra crítica, serán cacofonía, repetición de lo repetido distintamente de una manera que no puede ser distinta. Si la interpretación dice lo el texto dice de manera diferente, qué es lo que dice de nuevo; si afirma descubrir lo que había descubierto, qué descubre si nada había cubierto, qué sabe si ya se era sabido, qué desvela si no había nada velado.

Así, todo el ser del lenguaje/lectura sólo es repetirse a sí mismo en infinitas variaciones que, sin embargo, se reducirían a un único punto, la infinitud de un único punto finito, la repetición de un grito condensado, el único grito que fue por primera vez en el texto antes del texto, que no deja de ser, que sólo él puede ser, que seguirá gritándose hasta el último grito que será él mismo y que ya fue dicho, que es dicho y volverá a ser dicho. Dicho sin más. Decirse sin más. Hablarse sin más.

En esta ilusión del pensar que no puede pensarse, sino decirse repetidamente otra vez lo mismo, pues no tiene referencia que dé razón; de la lectura que no puede leerse, sino escribirse sin cesar, pues no hay forma de cerrar el libro para ser catalogado, archivado; en esta ficción del habla, de la cultura, de la lectura, se ha desplegado la historia del símbolo, la enciclopedia fantástica de Tlön que sólo habla de sí misma, las mil y una noches a las que siempre pueden añadirse una noche más, donde el lector es un personaje más de un libro que existe sólo por sí y para sí mismo, sin apoyaturas, sin estanterías, sin bibliotecarios, sin testigos. Así, el hombre ha construido aviones que siempre fueron pájaros que siempre fueron el pájaro y el asombro del primer hombre la primera vez; ha construido herramientas sofisticadas que siempre fueron un palo, una piedra, una astilla de hueso con la que una vez se cortó por primera vez; ha creado medicinas que siempre fueron emplasto, mejunje de ciénaga mohosa que mató y dio la vida porque mató por primera vez. No hemos hecho sino repetirnos desde la primera vez, el mismo grito, el mismo asombro, el mismo hombre, sin añadir nada salvo unas líneas repetidas, más de lo mismo.

Hubo una primera vez que nunca fue primera porque no ha dejado de ser.

No vamos a ninguna parte, volvemos siempre al mismo sitio, que nunca fue el sitio al que volver, el sitio donde quedarse, sino el sitio del que marchar hacia ninguna parte, más allá, afuera de nosotros mismos. Marchamos de regreso, delirante anthropos, al sitio mítico en el que una vez, que no fue primera, iniciamos nuestra marcha hacia el sitio que nunca acaba de llegar.



viernes, 14 de abril de 2017

Los conceptos clásicos

Los conceptos clásicos, los asentados, los que tienen una historia rastreable, un pasado allí, detenido allí, que, sin embargo, llega hasta nosotros, nos animan. Se ponen en juego en nuestro pensar, en el modo en que decimos y hacemos nuestra época, a nosotros mismos, en el modo en que derivamos de ellos consecuencias, o que se derivan de ellos consecuencias que condicionarán el modo de pensar y de vivir de los siguientes. Todas las palabras que ahora se repiten y vuelven a sonar en este texto y en cada texto, los conceptos que ellas actualizan, incluso las formas lingüísticas (fonética, gramática, semántica) que nos permiten actualizarlos.

Para entender los conceptos que nos animan no basta con aprender el idioma (cualquier idioma, el mundo que queda definido en cada idioma). Esto sólo nos da un idiota cultural, un letrado que ignora el sentido histórico de lo que dice, pues el sentido viene de muy lejos y camina hacia destinos impredecibles que ya están siendo pensados. Para entenderlos, debemos retroceder en su historia, que es la historia general del símbolo, desandar los recorridos epocales, ir a las fuentes extensas de cada uno de ellos, y a las fuentes de las fuentes hasta la deconstrucción, que es volver a las disputas en las que una vez tuvieron su razón de ser (Derrida). Ejercicio imposible que exige una erudición enciclopédica fuera del alcance del mejor de nuestros eruditos, pues nadie abarca la magna biblioteca de la historia del símbolo más que en algunos de sus fragmentos, condenado a reconocerse también él mismo como ignorante en el vano esfuerzo de abrazar la totalidad histórica de los innumerables recorridos y entrelazamientos que tejen y transitan cada época.

No sólo el ejercicio es imposible de facto, sino que es incierto aún en el mejor resultado imaginable, pues las series simbólicas o conceptuales siempre serán traídas hasta nosotros, pensadas desde nosotros, concluido aquí lo que duerme en el allí de los siglos y de la letra callada de las bibliotecas polvorientas que no dejan de hablar. Pero no somos nosotros los que podemos pensarlas, sino ellas las que nos han pensado desde antes, las que dejaron dicho lo que ahora decimos. Y también desde ahora, pues nosotros somos desde el inicio los que entramos en su devenir epocal, los que actualizamos la historia del símbolo que, en puridad, es la que se actualiza en nosotros, desapareciéndose en la operación de volver a ser dicha en nuestras voces ignorantes una y otra vez.

Qué objeto puede tener entonces la pretensión de aclarar nuestras ideas remitiéndolas a un pasado inalcanzable. Si no podemos reconstruirlas tal como fueron, viajar en la historia, contra la historia que viaja hasta nosotros, todo el ejercicio de la recuperación histórica queda como una actualización erudita que nos supera, pues es ella siempre la que vuelve a decirse a través de nosotros, trascendiéndose en su continuo despliegue, si acaso con una nueva sutileza, la que nosotros podamos añadirle. El ejercicio erudito no ha de quedar entonces sino en un juego de palabras más complicado, mero divertimento, más sutil, más para unos pocos, cada vez más ignorantes en la medida en que a la complicación histórica le sumamos nuestra propia complicación, la que se actualiza en nuestra vuelta de tuerca epocal. Diálogo de tontos eruditos que dicen lo que no saben, tontos inteligentes que no sólo no pueden saber lo que dicen, sino que, al decirlo, legamos a los siguientes nuevas capas de ignorancia de apariencia brillante en nuestra erudita complicación y sutileza hermosa y vana. Como rasgar la tela de un cuadro antiguo para poner sobre ella nuevos barnices modernos con la excusa de recuperar la verdad del cuadro, nuevas manchas que se quieren impolutas, y pretender que, por fin, hemos llegado al cuadro, y que, para más vanidad, lo entregamos a los visitantes futuros de un museo en el que verán cada vez menos de lo que fue, y tampoco entenderán nada, o poco y mal.

Quizá, al fin, nuestra mejor herencia sea dejar testimonio de la ignorancia. O quizá la verdad de nuestras palabras esté en otra parte, sólo en seguir hablando, sin que sepamos bien cómo mirarla, confundidos con los clásicos, hechos clásicos para los siguientes, que tampoco sabrán cómo entendernos, y sólo seguirán hablando a solas.


sábado, 1 de abril de 2017

El objeto cultural

El otro se nos presenta en primera instancia y de continuo como una representación de valores, formas y categorías sociales que le dotan de contenido expresivo. Este conjunto de significantes culturales encarnados le identifican, le subjetivan, le invisten de una identidad reconocible con la que puede presentarse en sociedad, ser comprendido, ser bienvenido, o no, y entrar al fácil juego de las relaciones sociales estereotipadas, donde nuestra vida es un teatro con los papeles repartidos. Le reconocemos porque reconocemos en él los mismos rasgos y maneras de nuestra propia cultura, en la que ambos hemos venido a ser encarnaciones alternativas de los mismos patrones culturales. El otro es siempre primariamente la encarnación del Otro, cuya voz impersonal (el “se dice”, “se sabe”) es un fantasma que se aparece en las formas de movernos, en las palabras y argumentos que esgrimimos en nuestras conversaciones, en el vestido y el maquillaje, en cada comportamiento sutil o elaborado, en la postura erguida, en el modo de sentarnos o de mirar, en los modos de ocultar la vista, en cada pensamiento. Nada de lo que en el otro se nos muestra nos resulta ajeno desde el momento en que repite pautas bien conocidas. Nada hay velado, todo es transparencia ingenua o estudiada que nos brinda la ilusión de tener delante a una persona, cuando lo que tenemos sólo es un objeto cultural, lo cual ya es mucho. En principio, el otro es para nosotros un mero objeto cultural. Que sea o no un tú de pleno derecho (es decir, que sea un yo tal como yo soy) es un estatuto que se antoja necesario suponer, pero que debe ser constituido de algún modo para darlo por válido desde el yo. Mientras tanto, sólo habla el Otro. También cuando hablo yo.

También a nosotros mismos nos miramos en todo momento a través de la mediación simbólica del Otro, somos a nuestros ojos también un objeto cultural, una subjetividad, cuyo aspecto está definido por un cúmulo histórico de cosas que se saben, que se son, que se deben ser, aunque generalmente desconocemos su historia, y somos incapaces de justificar su razón cuando nos preguntan, incapaces incluso de darnos cuenta de que están aquí, en nosotros. Los más piensan en nuestro tiempo que cada cual llega por sí mismo (o por la magia de la genética) a elaborar las formas que le presentan, o las formas con que él se presenta, que dirían ellos, como si hubiera una decisión o una elaboración personal determinante que diera como resultado lo que, indudablemente, son meras formas tomadas irreflexivamente desde el común cultural.

Este yo que somos en la mayor parte de nuestra biografía es, en puridad, la voz del Otro. Por una parte, yo soy Otro significa que el Otro, el impersonal de la cultura, no puede ser sin cada uno de nosotros, en los cuerpos vivos y en los otros cuerpos del mobiliario que nos rodean, depositado o encarnado en nosotros, todos definidos como objetos culturales que se entregan conjuntamente a la representación de las muchas escenas (generalmente, banales; a veces, grandiosas) en las que pasa nuestra cotidianeidad, pero también nuestras vidas. Yo soy Otro significa también que el Otro soy yo en toda la plenitud de la expresión. El Otro no es una entidad ajena con la que podamos sostener un enfrentamiento cara a cara, sino que siempre me es específicamente cercano, vive en mí y yo en él, ambos somos, aunque diferentes, una y la misma cosa. En su ser colectivo, el Otro es exterior y compartido, pero ya desde siempre nosotros vivimos en él, realizándolo, mientras él se adhiere, nos parasita, y así nos realiza. Yo soy el Sistema, el Otro de los otros, así que la primera sospecha crítica debería recaer siempre sobre nosotros mismos.

Llamarnos yo y tú resulta caprichoso, pues somos en todo momento ella, la tercera persona de una narración en la que somos contados por un autor anónimo e histórico, la voz de la cultura. La cultura nos colma de significaciones, identidades y sentidos narrativos, nos brinda un escenario y nos convierte en literatura. Somos en ella un cuento que nos contamos de continuo, el cuento en que seremos contados por los siguientes, los muchos cuentos que los anteriores nos legaron para ser puestos en escena una y otra vez. Les representamos, les hacemos presentes, no dejamos que caiga su memoria en el olvido. Aunque ya no recordemos sus nombres, sabemos bien las historias que ellos contaron, que todavía nos cuentan. El pasado nunca deja de pasar, y así tampoco nosotros pasaremos nunca por completo.

Tú y yo somos apenas el eco sonoro y diminuente de la historia. Para mantener el tipo, basta con que hagamos bien nuestro papel en la vida. No importa si a veces la representación es cómica o dramática, científica o administrativa, la literatura de la vida pone a nuestro alcance muchos géneros y muchas obras. No importa si, al reflexionar sobre ello, nos parece que el actor que somos guarda la tópica tristeza del payaso, otro cuento popular bien conocido. Piensa que la Historia nos contempla, espera de nosotros que mantengamos la voz, nos necesita para recordarse, y que, junto a la grandeza o la miseria de nuestra culta representación, ambos estamos haciendo un difícil esfuerzo por hacer que nuestras vidas tengan algo que contar.



lunes, 13 de marzo de 2017

El sujeto desdoblado

El yo que suponemos en la abstracción lógica del idealismo o en la intimidad de la vivencia intransferible se descubre como la respuesta inalcanzable al interrogante sobre nosotros mismos. En el esfuerzo de callar a la cultura, de silenciar el barullo de las voces que en todo momento nos rodean, tratamos de mirar hacia el interior de nosotros mismos, pero la mirada se agota en el mero intento, pues más allá de esta mirada que se quisiera introspectiva, sólo alcanzamos a imaginar un sujeto asintótico que siempre queda más allá, un punto de fuga que se achica infinitamente en el horizonte de la mirada interior. El sujeto yo se intuye indefinición absoluta, sujeto nada, pues no puede mostrarse más que como una exteriorización de sí mismo, en las huellas que deja su paso en el mundo, sin que el animal que deja las huellas llegue nunca a aparecerse más que en ellas. Por eso podemos afirmar que el sujeto yo es un supuesto o un deseo irrealizable, o sólo realizable en el modo de la imposibilidad lógica, de lo que sólo puede ser pensado como lo impensable de nosotros mismos, vacío de contenido, una negrura barroca en la que adivinamos apenas un fondo al que no nos es dado poner luz ni forma.

Quizá no más que por afán cultural, por la inercia del discurso psicologizante o por la confusión ontológica del sujeto gramatical, suponemos que el yo es no sólo el sujeto verdadero (sin atender a la verdad de los restantes modos del yo realizado como exterioridad), sino el protagonista único de la creación de nuestro mundo, el agente, la causa o fundamento último de nuestra realidad vivencial. En el colmo de la biologización psicológica, de la aberrante neuralización del sujeto lógico o gramatical, que son lo mismo, suponemos que el yo interior piensa, siente, percibe o recuerda a solas, y que estos pensares se traducen desde nuestra interioridad para producir discurso y comportamiento visible exteriormente. Pensamos que todo lo que sucedemos tiene un antecedente necesario en la interioridad causal o agencial, como si nuestro vivir en el mundo fuera una ilusión de realidad cuya única verdad siempre estuviera antes, en nuestro interior, negando lo que ante nuestros ojos se despliega como vivencia exterior, vano reflejo de la verdad interior, pura, incontaminada y única. Por eso, aun no siendo capaces de mostrar las articulaciones, los nexos lógicos entre ambas instancias, los más afirman que el yo (así, unitario, compacto, sin matices ni fisuras) se expresa, que su voz es el eco de una voz interior (cuando la voz sólo resuena afuera, sin que haya nada dentro a lo que llamar propiamente voz), o que interioriza el mundo, el lenguaje o la costumbre, sin que veamos de ningún modo cómo el mundo puede ser reducido o traducido a la interioridad fantasmal que quisieran defender a toda costa. En su torpe esfuerzo, se revela precisamente que este yo del que hablan no es sino hipótesis sin fundamento, deseo o inercia de los discursos, y llaman mente a la química neuronal (!) o confunden el ánimo, el movimiento exterior del animal yo animado, en movimiento, el ánima, con un alma etérea y divina, o con una sustancia fantasmática subyacente que sólo puede ser supuesta.

Aun suponiéndome agente de mis actos, cuando los realizo, los hago aparecer dentro del mundo que me rodea exteriormente, y soy yo el que me realizo en ellos. Incluso el acto de hablarnos en silencio consiste en ponernos dentro de un mundo lingüístico o imaginario que me es exterior, en el mundo simbólico de los discursos y las imágenes de la cultura. Aunque me veo en ellos, pensamos que ellos no son yo, o sólo lo son en el modo de la huella, del rastro que dejo sobre el mundo, y ya, según los realizo, se me enajenan, toman distancia respecto de mí, que trasciendo al mundo desdoblado, en un afán de imposible síntesis, pues yo siempre quedo de este lado, más acá, me vierto en ellos, y ellos nunca me dicen por completo. Ellos pasan directamente a ser parte del mundo que habla continuamente, cobran significado y sentido en él y de él, en el barullo de las voces, aquel que había sido necesario callar para hacer que el yo se hiciera presente, siquiera fuera en la idealidad lógica. De este modo, siendo ajeno, el mundo se convierte en mi único hogar, en el lugar donde me vierto, y puedo entregarme a él, puedo com-partirme como verdad del mundo. A su vez, sólo porque yo me vierto en él, el mundo adquiere sentido, se me hace familiar y real, no porque lo interiorice, sino porque resulto desdobladamente exteriorizado (realizado en ello, hecho real en la tercera persona) en la acción que surge idealmente desde el yo, sin ser yo, sin poder reunirse de vuelta conmigo, como un doble que me cuenta desde los cuentos que el mundo produce, en los que ingreso, los que valido con mi presencia a distancia. Yo me vierto, pero es siempre el Otro, ello, el que me cuenta, el que lleva mi verdad, el que guarda memoria de mí para los otros y para mí mismo. La memoria no es lo que uno recuerda, sino la huella que pervive. Tal como Borges poéticamente intuye, “yo estoy destinado a perderme, definitivamente, y sólo algún instante de mí podrá sobrevivir en el otro”.



miércoles, 8 de febrero de 2017

Nosotros, o la complicidad

En una reunión cualquiera, una persona realiza un comentario inconveniente, fuera de tono o irónico, pero nadie se da cuenta, salvo ella misma. Asombrada, escruta con disimulo para descubrir si alguien más lo ha notado. Topa con la mirada directa y callada de otro de los presentes. Los dos se miran atentamente en silencio cómplice, se saben compartiendo un instante al margen del instante común del grupo. Con la mirada, los cómplices se hacen señas que nadie entiende, salvo ellos.

Eso a lo que llamamos persona o yo se realiza en el entramado de estas tres instancias: el yo propiamente dicho, el nosotros y el Otro, sin que podamos afirmar que haya menos verdad del yo en cada una de ellas, pues las tres son sólo modos diferentes y relacionados de lo que denominamos ser persona. El yo es una singularidad múltiple. Todas ellas son fundamento mutuo, ninguna puede ser tratada como privilegiada, ninguna origina a las otras, sino que todas son condición necesaria mutua para la realización de las otras, en un horizonte compartido del que ninguna puede ser obviada sin que resurja de nuevo para reclamar su papel en la construcción de lo que llamamos humanidad.

La primera es un yo libre y voluntarioso que se encuentra y toma conciencia de sí mismo en el silencio que se escucha cuando calla la voz de lo público, a solas. Frente al yo, el otro se muestra, y abre para nosotros un campo de posibilidades, nos invita a ser con él, nos delimita un escenario o un lugar para compartir en el que nuestra voluntad de ser puede realizarse. Como yo en libertad, aportamos al encuentro lo inesperado, lo que el otro no espera, y así le devolvemos la jugada. A esta coreografía imprevista que sucede en el orden de lo único presente, de lo siempre por primera vez, quisiera llamarle genéricamente conversación. La conversación es verdad de sí misma, sin necesidad de testigos, de exterioridad; es la verdad del encuentro entre dos personas vueltas la una hacia la otra, atentas al otro, expectantes, abiertas a continuar las jugadas del otro en un encabalgamiento que aportará el sentido de lo que hagamos, y de lo que seamos mientras lo hacemos. Nuestra humanidad conjunta, origen del simbolismo, de la magia de la palabra, de la acción con sentido, comienza y termina cada vez en el estrecho terreno del juego de la conversación, en el que se define desde sí mismo un mundo completo en el que estar vivos junto al otro.

Antes del juego, no obstante, antes del inicio imaginado del primer movimiento, en la mera atención estática hacia el otro, la condición que hace posible la existencia o aparición de un terreno de juego conversacional es que lleguemos hasta él como un igual en el juego, y no como un mero objeto cultural. Con independencia de los caracteres peculiares que porte, sus maneras o su aspecto, el otro es meramente aquel hacia el que nos orientamos, en quien ponemos atención, quien reclama desde su mirada nuestra mirada, quien nos apela sin necesidad de nombrarnos, de fijarnos en las etiquetas identitarias, en las categorías que culturalmente nos inscriben, quien está (στάσις, estáticamente) detenido ante nosotros, igual que nosotros estamos detenidos ante él.

En cualquier situación culturalmente definida, el otro está mediatizado por las categorías de significado que usualmente conocemos. Antes que persona, el otro es un compendio de rasgos culturales, de tópicos que se encarnan en sus maneras significativas de moverse, de decir, de responder, en los detalles de la ropa o el peinado. El otro es el objeto donde leemos un fragmento de nuestra cultura, la encarnación del Otro público, sin que nada revele que haya una individualidad dotada de voluntad, de misterio y de asombro. Para que el otro (que soy yo mismo respecto de él) acceda al estatus de yo ante mí, para reconocérselo, es necesario que veamos en él a un igual, que, en cierto modo, nos veamos a nosotros mismos, en el silencio expectante que somos cada uno de nosotros en el momento lógico anterior a la conversación, libremente dispuestos para ser desde nosotros mismos, y no desde cualquier otro lugar predicho por la cultura. Reconocer al otro es observarle detenidamente, notar su naturaleza particular, registrar su presencia propia, dar testimonio de su verdad presente. En el reconocimiento, damos legitimidad al otro para que su presencia sea, le autorizamos para hablar (le reconocemos el papel de autor con voz propia), sin que esta legitimidad para autorizar al otro provenga de ninguna mediación ni referencia que no sea nuestra propia forma de estar ante él como un yo libre, abierto desde nuestro silencio solitario.

Ahora bien, sólo podemos reconocer en él a un yo cuando el otro se desliza fuera de las categorías establecidas, y nosotros con él, cuando deja ante nosotros de repetir lo esperado desde las costumbres, desde las cosas públicas, sólo cuando nos sorprende callando lo público, callando la voz del Otro que no cesa de hablar. Nos encontramos mutuamente entonces en un espacio inesperado, sin forma prevista, sin nombre, en el silencio de la mirada cómplice, en la soledad acompañada de estar juntos ajenos al mundo, en un mundo propio y diferente que no tiene norma o ley de referencia, porque no hay nada que responda a la memoria de lo establecido, ni nada que establezca memorias. En este modo de conciencia compartida, de yo ampliado, ya no somos un yo solitario al margen del mundo, sino un sujeto nosotros libre y cómplice enfrentado a la tarea de ser conjuntamente por nosotros mismos, desde nosotros mismos. Lo que entonces pueda acontecer pertenece al orden de la innovación, de la aventura, de lo que está por venir, la creación de un mundo propio al que aún no podemos llamar cultura, antes de la institución y el rito, y que, sin embargo, es el espacio cultural por excelencia, el espacio intersubjetivo.

La intersubjetividad no es una relación (ligadura) entre dos sujetos diferenciados, sino el espacio interior (entre) del sujeto nosotros. Ni el sujeto yo anterior tenía nada que decir, pues su modo de ser sujeto era el silencio de lo público, ni el sujeto nosotros tiene nada que decir, pues su modo de ser es el silencio compartido de lo público, pero, en el espacio entre, queda puesto el terreno en donde comenzaremos a ser conjuntamente. En el espacio entre somos el germen de la cultura, el espacio de la inauguración, y el espacio entre es el que nos eleva al estatuto de sujetos legítimos ante el otro, autorizados, reconocidos. Si el sujeto yo llegó a su soledad callando al Otro público, el yo realizado como persona sólo es posible como sujeto-nosotros en el espacio sin nombre que emerge entre (interacción, diálogo, conversación), dispuestos para el juego de la construcción simbólica.

Vivir es participar de la corriente espiritual de lo histórico, donde se sostienen en el tiempo las costumbres, lo tradicional. En gran medida, nuestra vida es sólo repetir lo que ya estaba pensado para nosotros, lo que fue dicho por otros y para otros. Pero también vivir es abandonarse al juego de lo que no está previsto, a la inventiva que da vida a la cultura, donde sucede la variación, la subversión, donde la tradición es sólo un juego que debe ser jugado (callado y replanteado) una y otra vez, siempre por primera vez, para que sea tradición viva, abierta, en continuo despliegue. Una vida compartida no es necesariamente la prisión de las obligaciones mutuas, de los proyectos culturales que nos atan a la promesa de un futuro, de las decisiones que no pueden ser reflexionadas porque ya nos comprometimos, o nos comprometieron en ellas alguna vez. También es la aventura de crear mundos compartidos donde vivir de una manera propia, libres para ser por nosotros mismos en la plenitud sencilla del juego, sin tener que estar pendientes de lo que resulta ajeno e innecesario.


viernes, 13 de enero de 2017

La voluntad de ser

Si hay un motivo de asombro en la naturaleza es el modo en que las cosas todas se resisten a dejar de ser. Por mucho que uno quiera interrumpirlas, desaparecerlas, anularlas, detenerlas, ellas continúan en su ser, en su marcha o en su mera presencia. No es mérito del humano ni del concepto reconocer este suceso: es la pertinaz insistencia de las cosas en seguir siendo la que nos deslumbra, nos golpea, nos reclama. Como en el poema, la piedra quiere eternamente ser piedra y el tigre un tigre (Borges). Creo que a esta noción abstracta del insistir en ser podemos aplicarle en propiedad el término voluntad.

Metafóricamente, algo así como una afirmación de sí, desde sí, una explosión de vida, un ímpetu, un ánima, tanto en los seres a los que llamamos vivos como en cualesquiera otros, inanes o metafísicos, físicos, bióticos o simbólicos. Decimos precisamente de las cosas que son, es decir, que no dejan de continuo de seguir siendo. Trata de ocultar la luz con un objeto opaco, y la verás explender en sus contornos; trata de frenar el avance del animal, y lo verás empujar, luchar, huir, concentrarse en el ataque; trata de apagar el fuego, y lo verás revivir en los rescoldos; trata de desintegrar la pura piedra, y la verás, hecha polvo, resbalar entre tus manos. Si tuviéramos que atribuir a algo el rango de Ley, con mayúscula, sería al constante empeño de la voluntad de ser.

Esta voluntad ubicua, de la que también nosotros participamos, podemos reconocerla en nuestra propia imposibilidad de permanecer quietos, de anularnos incluso en el ejercicio lógico de la conciencia, cuando, a duras penas, conseguimos detener la marcha del mundo que incesantemente nos reclama para los mil y un quehaceres que usualmente nos ocupan. Escuchar el silencio de uno mismo es un acto cuya realización se agota en el mero imaginarlo conceptualmente, en el borde del intento por cumplirlo, pues basta con que anuncie o que apunte su llegada, para que el todo de uno mismo se mueva, se afane, reviva y siga siendo.

Este seguir siendo, entendido también como posición lógica de partida, en el apenas comenzar posterior al apenas encontrarse en silencio, se antoja como ímpetu o impulso no atado a propósito, sin necesidad de objeto o motivo que lo justifique o lo explique, sin más telos que seguirse. Desatado, pues asoma antes de toda atadura. Frente a la noción de libertad negativa, del movimiento lógico de negar el mundo para comenzar a ser uno mismo, quisiera ver en este ímpetu sin destino ni razón la idea de una libertad positiva, de un punto de partida en el que el humano queda dispuesto para salir al mundo, para ser en el mundo propiamente, sin intermediación, de manera absolutamente libre.

Es desde esta libertad desde la que nos ponemos frente al otro y frente al mundo, desde la que nos ofrecernos para iniciar la convivencia, para crear la intersubjetividad pública, para ser junto a los otros en un modo de ser conjunto que no puede, en ningún momento, en ninguna forma, reducir nuestra condición humana de seres libres, o voluntariosos, o, sencillamente, dispuestos a continuar siempre una y otra vez por nosotros mismos.



miércoles, 21 de diciembre de 2016

El retiro imposible

La voz es antes que el silencio. El silencio sucede cuando las voces callan. Lo que haya antes de la voz no puede ser callado, pues no ha sido dicho.

El mundo es siempre un mundo ordenado para nosotros, en el que entramados completos de objetos, personas, relaciones y movimientos, se estabilizan a nuestro alrededor sin dejar aparentemente espacio para el olvido o para la creación de mundos aparte. Estos complejos relacionales, a los que bien podríamos llamar situaciones, acciones o gestos, nos reservan un papel. Somos el jugador que ayuda a sostenerlos, sosteniéndose a su vez en ellos, resultando realidad plena y terminada en ellos. Dentro de cada uno de ellos, los objetos, personas, etc., hablan permanentemente unos de otros, se reclaman o se remiten, así que basta que alguno de ellos se haga presente para que seamos convocados por el juego, y el juego continúe.

El mundo que nos rodea no cesa de hablarnos continuamente. El bullicio de las calles y las gentes, de las conversaciones públicas, el caminar cercanamente unos de otros, el ordenar nuestros espacios unos en relación con los otros, el ordenar el tiempo como la sucesión de los compromisos mutuos. Esta es un habla que apremia, pues los otros, y el mundo que los otros hacen presente, reclaman nuestra presencia imperiosamente, nos gritan, nos miran a los ojos, se detienen ante nosotros en actitud de espera, y apenas nos dejan margen, si alguno, para definir el mundo al modo que nos convenga, y nuestro vivir en él sin ser significados desde la mirada del otro que no calla. Al reclamar de nosotros, nos invitan a un mundo que nos llega desde afuera y pasamos a vivir en la exterioridad del juego, en la construcción compartida, en su mundo, como objetos previsibles que realizan el papel que el mundo ha pensado para nosotros. Aquí no hay sujeto, sino sujeción, convertidos en objeto individualizado, personalizados a distancia de nosotros mismos, gozosamente vivos en el otro y en el ruidoso bullir de su vocerío.

Quedar a solas consiste en esconderse de las voces del mundo o en caminar entre ellas sin atenderlas, sin alzar la mirada, o con la mirada al frente, ciego para el camino y para los rostros. Cuando las voces callan, el mundo que resta nos habla silenciosamente. Viene al primer plano la estructura mundana de los espacios, la disposición de los objetos, la ordenación de los muebles y de las costumbres que remiten a las prácticas culturales, a las acciones normalizadas que nos han visto crecer y vivir. El vocerío se reduce entonces a su mínima expresión: al otro silencioso de los objetos sin rostro. Como no nos miran, ni siquiera tenemos que esquivar su mirada. Aunque nos hablen sin parar, en su tempo amable y detenido, podemos ignorarlos, dejarles a un lado, pasarles de soslayo y seguir nuestro camino, que, con tanta facilidad, retorna una y otra vez a ser el suyo.

Pero nos equivocamos si pensamos en el otro como un agente exterior, como el que está al otro lado de nosotros, radicalmente distinto. Desde que nos entregaron infantes a sus dictados, el otro soy ya siempre yo. Yo soy el que inquiero a los demás, el que les señala el camino, el que les presta el nombre, yo soy el que interrumpo su paso o el que les abro la puerta para que pasen. El otro soy siempre un yo puesto en el juego de la vida pública, sujeto para mí en la ilusión del jugador, objeto para los demás encarnado en la disposición normativa, en pieza necesaria que sostiene la estructura reglamentaria del juego que ellos juegan, que juntos jugamos. Este otro silencioso que soy yo ante mí mismo adquiere notoriedad cuando callan las voces todas, y me habla también calladamente. En el aislamiento del mundo público, yo me sigo hablando, y así traigo conmigo una compañía que me mantiene en un mundo posible, construido de retazos de cultura y de pequeñas rutinas que los demás no entenderían, pues no están presentes en ellas, no son necesarios o estorban el juego propio, quizá juego autístico.

Este otro que soy yo calladamente cobra su vida de mí, pero no me parasita, simbionte simbólico, pues me ofrece la vida a cambio. A él es a quien verdaderamente podemos llamar yo, y no a mí, que no tengo nada que decir, pues es él quien dice todo. Yo sólo puedo ser reconocido en el silencio radical de las cosas, donde todo, gentes, voces, objetos y yo mismo, callamos repentinamente, nos petrificamos y perdemos toda orientación de mundo.

Nuestro silencio a solas, en la ilusión de retraerse incluso ante el otro silencioso que soy yo mismo, es un cesar voluntarioso de las voces, las cuales no cejarán en su intento. Quizá nuestra forma de ser sea la de una perpetua retirada interrumpida, un volvernos hacia nosotros mismos que nunca finaliza por completo (Heidegger: salvo en la muerte), rehuir un mundo que nos aguarda continuamente, sin cansancio, sin tregua, inmensamente paciente, para habitar lo que podría ser calificada como una posición inhabitable.



domingo, 18 de diciembre de 2016

El sueño del sujeto

Hay un imposible sujeto que sueñan ciertos idealistas, pero sólo es el nombre que le damos a una pregunta y a una duda: yo. Antes del sujeto, antes del presente donde me siento, donde el mundo se muestra en derredor y me aparezco en él, antes ya estuve aquí, la verdad del sueño me precede. La llamamos de diferentes maneras, la escondemos en los vericuetos neuronales, en la glándula pineal, en la división proteica, en la historia singular de la creación divina o en la historia natural. Yo soy todas esas verdades desde antes, desde un principio, y ellas siguen en mí, en el fondo verdadero detrás de lo que parezco al mundo, escondidas en las cavernosas identidades del sueño del sujeto, ajeno e inalcanzable salvo para mí mismo, agazapado detrás, atento desde el escondite interior, velado y solitario en el fondo de mi ser. Un sujeto cuya historia se detuvo en el momento mítico o causa primera en la que fue gestado, definido y terminado para siempre. Lo que venimos después sólo es la marcha de lo inevitable. Monádico, compacto, pétreo, permanente en sí mismo e inmutable, pues nada que lo afecte le hará mella más que de modo accidental. Lo llamamos alma y yo, pero hemos olvidado qué significan estas palabras, y mejor deberíamos no darle ningún nombre.

Hay otro imposible sujeto que soñamos otros idealistas, los mistagogos de la palabra, el brujo ancestral que dominaba mediante el conjuro y el rito, todos los que amasan un mundo de palabras en las que echarnos a vivir, los poetas, los que confiamos en el lenguaje, cuya operación es total y su ser cualitativamente único. Aquí, de un modo distinto, también hemos estado antes desde siempre, en el sueño ancestral de la cultura. Hay un mito del yo que nos precede, y en él, somos el ritual que lo repite y lo sostiene. Formamos serie, y en ella nos debemos a un origen sin lugar con el cual mantenemos una deuda irresoluble. Ya fuimos dichos por nuestros padres desde hace muchas generaciones, las palabras que nos nombran tienen sentidos milenarios a los que somos arrojados por la inercia del lenguaje. En cada palabra resuenan todas las palabras que han sido dichas, y el eco histórico de la palabra yo se repite en nuestra caverna interior. Todos ellos nos dicen, o nos callan, y ya no podemos ser dichos sino a través de la palabra. Una vez pronunciada, ella dice por nosotros lo que nosotros no podemos decir si no es con ella, ella lleva ante los demás lo que desde nuestra interioridad nada puede ser llevado, ella nos dice lo que los demás no pueden decirnos desde el encierro de cada yo propio profundo y solitario. Todo se resuelve en la idea del yo, así que sólo podemos ser idea, o nada. O bien somos yo tal como nos han dejado dichos, o somos yo encerrados más acá de lo que puede decirse. O ambos, quizás una batalla.

Quizá, condenados a mirarnos siempre desde un presente desplazado, nos buscamos en un pasado mítico que ofrezca referencias y seguridades, y apenas el sueño varía entre quedarnos ensimismados pensándonos en origen, o en sentirnos historia viva que se despliega desde entonces. Siempre el sueño de otro, borgianos, paradójicos, aupados en la narración del sentido hecha jirones, siempre terminados y siempre por hacer.

Ambos sueños dejan otra derivada, la del vacío que persiste, la de una interrogación que no se cierra, un yo sujeto-nada perplejo ante los sueños y las explicaciones, seguro de sí mismo sin palabras para pronunciarse, en el lugar a solas inaccesible a todo y a todos, incluso a uno mismo. La pregunta por el yo sigue vigente. Esperemos no responderla nunca para que pueda seguir operando, y el sueño nos traiga el esfuerzo y la lucha por mantenerla abierta. El yo también puede ser una declaración de intenciones.



lunes, 28 de noviembre de 2016

El otro silencioso

Siempre estamos atareados, sumidos en proyectos, normas y costumbres donde rige la rutina y el encuadre. Enmarcados por prácticas sociales cargadas de significado, prácticas simbólicas cuya veracidad pertenece a la cultura, a una historia antigua que entrelaza personas, objetos y palabras formando recorridos en los que vamos poco a poco poniendo nuestra vida. Repetimos las vidas de otros por costumbre para dotarnos de un sentido de realidad. Como en el pensamiento antiguo, lo real es lo que venimos haciendo del mismo modo desde la primera vez, que ya está olvidada (Eliade). No importa si son los grandes proyectos para los que uno se prepara durante años o las pequeñas acciones que nos ocupan un rato de nuestro tiempo, todas han sido previstas desde nuestra socialización, desde la norma, desde el lenguaje, o están camino de serlo. Las prácticas generan instituciones, basta con repetirlas, denominarlas y guardar memoria colectiva de ellas. Basta con seguir viviéndolas o hablándolas. Ellas nos gobiernan, aportan el sentido de nuestras acciones, de nuestras vidas, nos definen/identifican como los sujetos que realizan ciertas prácticas concretas con las que trazar la biografía de la normalidad vital.

Nuestro mundo de objetos es un mundo poblado de significados, de palabras que vuelven relevantes las cosas que nos rodean, las que nos sirven en cada momento para la acción y el proyecto. Cualquier acción cotidiana sirve de ejemplo: pensemos en la ordenación de los objetos en derredor disponibles para la utilización, funcionales, serviles. Ignorando la profunda vitalidad inorgánica de todo lo que nos rodea –unos con nosotros, polvo en el polvo, planeta vivo–, sólo miramos a los objetos con los ojos del uso previsto (Barthes). Dominamos el mundo poniéndolo a nuestro servicio a través de las palabras, las que se entretejen para narrar los relatos de lo correcto, de lo que debe ser hecho. Los objetos nunca están callados, pero sólo nosotros hablamos en ellos.

Afirma Heidegger que la conciencia es la llamada hacia sí mismo que detiene la voz de los proyectos (“la habladuría del Uno”). Cuando ellos dejan de hablar, uno escucha el silencio de uno mismo. Este es el espacio de la libertad y de la angustia, el encuentro con la soledad radical a la que aún quisiéramos llamar yo. Estar solo es echarse a un lado, situarse en el silencio que vuelve cuando la voz pública de los proyectos calla. Estar sólo es detener el tiempo de la vida que corre a lomos de los proyectos. Ajeno a toda presión, a toda presencia pública, es posible quedar en nada, alargar los movimientos hasta la infinita ondulación del quedar quieto, donde el círculo se hace recta, como dirían los matemáticos, en lo minúsculo de la asíntota que nunca alcanza un fin. En la soledad, nadie nos urge, sino el yo que calla interminablemente.

Sin embargo, nuestra soledad es sólo una posición lógica, una fantasía filosófica. Aunque todas las voces callen, los objetos que nos rodean siguen hablando de ellas. En el silencio vivo de las habitaciones, los muebles nos observan calladamente. No urgen si nos detenemos, no cuestionan si los ignoramos, pero no dejan de hacer presente la voz pública de las acciones y los proyectos. Ellos son el otro silencioso, el depósito de sentido de un mundo de humanos que se han ausentado sin acabar de marcharse. Ellos, objetos sin mundo ni sentido propios, resignificados desde lo humano, se alinean junto a las paredes para marcar territorios, espacios, rutas y mapas donde seguir viviendo públicamente como individuos dictados por la historia y la costumbre. En la épica de nuestra existencia en pos de la libertad, el imposible lógico del yo en silencio compite duramente con el objeto y su semántica de siglos.

El otro silencioso no chilla, no presiona, se muestra en su significado insistente y pétreo. Nos ignora absolutamente, ignora el uso y el tiempo de la espera. Quieto, a nuestra disposición desde su eternidad sin tiempo, carga sin saberlo con voces que no callan, pero no hará nada para reclamarnos, para imponernos. Esclavo de nuestra humanidad imperiosa, no dejará de soportar la voz de la norma y la costumbre, la presencia del sentido, aunque, al menos, aguardará respetuosamente mientras intentamos, solitarios, dejarlo de lado.